No será el peor de nuestros problemas, pero sí uno de los más irritantes. Me refiero a la omnipresencia de la política que, en este país, se pasea por la sociedad como el 'Katrina' por Nueva Orleáns, impregnando y anegándolo todo. Está muy bien que los gobiernos y las instituciones básicas se elijan en base a criterios electorales y a representaciones políticas. Pero ¿todo tiene que ser así? ¿Es obligatorio dividir el país entre los que están conmigo y los que están contra mí? ¿Es imprescindible que tantas decisiones no estrictamente políticas se sometan a criterios partidistas? ¿Es necesario elegir en base a definiciones políticas a los presidentes de las cámaras de comercio, a los de las ferias de muestras, a los de los clubes de fútbol, a los de las agrupaciones culturales, ? Pienso que no.
Hoy me gustaría centrarme en la selección de los miembros de los organismos reguladores, elegidos -cómo no- 'a dedo' por los partidos políticos y en su funcionamiento tan marcadamente parcial. No es la primera vez que sucede, pero la OPA de Gas Natural sobre Endesa ha superado todas las marcas proporcionando un espectáculo lamentable que ha causado un daño irreparable a las instituciones que están obligados a defender.
Su manifiesto servilismo, su inagotable incapacidad para utilizar criterios propios y aplicar decisiones independientes -si los hubiere- ha causado el asombro de propios y, sobre todo, la incredulidad de extraños. La imagen proyectada a los inversores extranjeros es impeorable; y la fe y la esperanza en organismos como la Comisión Nacional de la Energía o el Tribunal de Defensa de la Competencia no están bajo mínimos: han superado ya el nivel de congelación.
La cosa ha llegado tan lejos que el periódico 'El País', a la hora de defender y justificar la actuación del Gobierno en la admisión de la OPA, incluía en su editorial del pasado sábado ésta terrible frase: «Estaba fuera de lugar prestar atención siquiera al dictamen contrario a la OPA elaborado a instancias del PP por la mayoría del Tribunal de Defensa de la Competencia». El juicio es acertado, pero parcial e incompleto. Al editorialista se le 'olvidó' añadir éste otro párrafo: «Como también estaba fuera de lugar prestar atención siquiera al dictamen favorable a la OPA elaborado a instancias del PSOE por la mayoría de la Comisión Nacional de la Energía».
Correcto. Es muy fuerte, pero estoy de acuerdo. Tenemos unos órganos reguladores a los que prestar atención está fuera de lugar. Vale, y entonces ¿qué hacemos con ellos? Una primera opción sería eliminarlos. Ganaríamos mucho tiempo, evitaríamos algunos sofocos y nos ahorraríamos un montón de dinero. Pero, en adelante, ¿quién se ocupará de que el mercado funcione correctamente y de defender a los accionistas individuales? ¿El Gobierno? ¿Los jueces? ¿Nadie?
La segunda opción es fácil de definir. Consistiría en crear unos órganos reguladores que fuesen asépticos, técnicamente capacitados y políticamente independientes. Personas formadas, con criterios sólidos y espíritus libres que actúen en función del bien común, sin plegarse a las conveniencias de la coyuntura política. Resulta fácil de definir, pero lo malo es que no sé si la madre Naturaleza dispone de ejemplares de tan noble especie, ni cuál es el proceso ideal para seleccionar a esos 'príncipes azules' de la regulación. Lo único que me atrevo a decir es que quizás merezca la pena intentarlo. Buscar en otros ámbitos profesionales, eliminar a los excesivamente comprometidos y dependientes, y desincronizar los periodos de sus mandatos con los electorales podrían ser intentos válidos.
En cualquier caso, la situación actual es tan mala que cualquier cosa que se logre, por pequeña que sea, constituirá un gran avance.
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