Sin grabadoras y supuestamente no interesado en polemizar sobre la actualidad política española, José María Aznar hizo ayer una excepción a lo que él mismo describe como un deliberado silencio mediático. En un encuentro con periodistas españoles en Washington, el ex presidente del Gobierno explicó que este lunes almorzó con el presidente de EE UU, George W. Bush, en la Casa Blanca, acompañados por sus respectivas esposas. «Fue una comida entre amigos» en la que «hablamos de lo que hablan los amigos que tienen interés por escuchar las opiniones mutuas». Además de divulgar que estos días también ha tenido oportunidad de reunirse con el ex presidente Clinton, Aznar indicó que Bush se encuentra «muy bien, muy seguro y muy tranquilo, para desgracia de sus adversarios».
Ante la inevitable cuestión sobre si estaba utilizando sus contactos para mejorar las complicadas relaciones entre Washington y Madrid, el ex presidente del Gobierno insistió en que durante su etapa en Moncloa «procuré que España tuviera las mejores relaciones posibles con Estados Unidos. Si ahora no las tiene, no es mi responsabilidad». En este sentido, subrayó que «a mí nadie me ha llamado, cada uno sabe la responsabilidad que tiene».
Aznar apuntó en tono irónico que «si España no sabe si es una nación o no, no puede tener una proyección internacional fuerte». A su juicio, la política doméstica «conflictiva y llena de dudas» que atribuye al Gobierno socialista se ha traducido en una pérdida de influencia y posiciones que «de momento nos ha costado 43.000 millones de euros» por el afán de volver al 'corazón de Europa'. Además, insistió en que en política internacional cuentan los hechos y la capacidad de asumir compromisos, lo cual, señaló, no es compatible con simpatizar con la dictadura castrista, salir de Irak o el «disparate» de vender armas al régimen chavista.