A priori, 'Manderlay' cuenta con dos inconvenientes para su comercialización: es la continuación de la aburrida 'Dogville', lo que puede echar atrás a muchos de los que vieron esta película, y utiliza el mismo planteamiento escénico -esa tarima con calles y casas dibujadas en el suelo-, lo que ha servido tanto para dar publicidad a las dos cintas como para alejar de ellas a un numeroso público, reacio a las obras experimentales. Un público que se perderá esta estupenda visión política sobre las heridas abiertas de una sociedad, la estadounidense, que aún sufre sus consecuencias.
Esta vez, Lars von Trier sí logra agitar las salas, algo que prometió cuando presentó la trilogía, 'USA: Tierra de oportunidades', que dentro de dos años verá el final con 'Washington'. Lejos de causar indiferencia con ese tono demagógico que asolaba el guión de 'Dogville', el director danés ha encontrado al fin el inteligente punto en común entre el teatro, el cine y la literatura que tanto buscaba sin renunciar a un guión excelente. 'Manderlay' pretende replantear las nociones básicas del clasicismo, la experimentación o la posmodernidad, pero, más allá de su ambición, se presenta como un agudo ensayo político sobre la nación nortamericana.
La sustitución de la anterior protagonista, Nicole Kidman, por parte de Bryce Dallas Howard -la actriz de 'El bosque'- y de James Caan, que interpretaba al padre, por Willem Dafoe, apenas supone un cambio significativo. El cambio, más allá de los rostros, lo aporta el personaje de Grace (Dallas Howard), la joven que recibía en 'Dogville' toda clase de humillaciones sin pronunciar una queja, y que ahora, en 'Manderlay', se muestra dispuesta a intervenir incluso con el poder de las armas.
Todo comienza dos días después de la destrucción de Dogville a manos de la banda de gánsteres. La cohorte mafiosa llega a una plantación sureña de algodón, llamada Manderville, y descubre atónita que en aquel lugar persiste la esclavitud en plena década de los 30. Grace devuelve la libertad a los esclavos e impone la democracia en el lugar, ayudada por las armas. El tiempo le demostrará que no se puede imponer otra forma de vida, por muy buena que sea, a aquellos que no están dispuestos a recibirla.
Von Trier plantea algunas preguntas sin respuesta que angustian, no sólo a la sociedad norteamericana, sino también a Europa. Cuestiones en torno a la idea de democracia, el racismo, o la violencia de Estado que ponen en cuestión el concepto de libertad y ciudadanía. Por una vez, consigue que el espectador olvide su radical discurso formal para empezar a reflexionar sobre lo que cuenta.