Richard Scott es un tipo que cultiva su existencia, y profesionalmente se las ha ingeniado para ser longevo, tanto que es en la actualidad el extranjero con más partidos jugados en la ACB (335). Lo ha hecho del modo más inteligente posible, minimizando riesgos, cuidándose y, posiblemente, apretando el acelerador cuando la ocasión lo requería imperiosamente. Hoy será un día especial para él. Mantenerse en el machito de la ACB durante una década le ha llevado a estar a 13 puntos de entrar en la historia de la competición. Es el minúsculo trecho que le separa de la barrera de los 6.000, cima que sólo han conquistado antes quince jugadores.
Está claro que el ala-pívot de Little Rock cayó de pie en la competición española. Fichado por el ACB Lliria para la Liga Eba (equivalente de entonces de la actual Leb), el Caja San Fernando vio en él un valor de futuro que no tardó en aprovechar la oportunidad. Una lesión de Marvin Alexander le abrió las puertas de la ACB. Ya entonces demostró que había llegado para quedarse. En su segundo partido en la categoría estableció dos marcas personales que no logró mejorar en los diez años posteriores. Ante el Joventut hizo 'su' partido, con 35 puntos anotados, 9 rebotes, 10 faltas recibidas y una valoración ACB de 39 puntos. Su técnico de entonces, Aleksander Petrovic, quedó tan epatado que ni se atrevió a darle respiro en los 40 minutos que completó en su totalidad. Sería un gozo recuperar las miradas que le echaría un herido Lavodrama en aquel épico 77-90 endosado a los badaloneses.
«Es baloncesto, man»
A caballo entre Sevilla y Granada, con una escala en Ankara (Turquía) y sus últimos destinos en Fuenlabrada y Bilbao, Scott ha sabido imponerse a los rivales en la misma proporción que se ganaba al público. Sus números reflejan que no se ha andado por las ramas y ha asumido los importantes roles que le fueron asignados. A su vera llegó una larga nómina de compañeros extranjeros (Anderson, Kidd, Kornegay, Turner, Smith, Tinkle, King, Ward, Schutte, Cattalini, Bogojevic, Herrmann, Beechum, Jackson)... la mayoría sólo son historia. Si se pone a prueba su memoria, lanza el balón fuera. Son vivencias que reivindica para su intimidad. Una frase sentencia su modo de vida: «es baloncesto, man». Un trabajo, juego, diversión, que ha ido perdiendo la hegemonía en su lista de prioridades, encabezadas ahora por dos joyas azabache, Roman y Reaven, sus hijos, que vieron la luz en Madrid.
Pero no por ello deja de producir. A la conclusión de la pasada campaña dejó Bilbao pensando que no volvería, pese a su buena temporada. Sabe que los dígitos de la edad mandan más que lo que debieran en algunas ocasiones y asume las reglas del mercado. Por eso eran tan significativos sus gestos en el banquillo del Bizkaia Arena, donde tardó 37 minutos en apuntarse un fallo tras aniquilar desde todos los ángulos de la pintura -y fuera de ella-a las torres del TAU.
Así es este jugador incombustible. Lleva diez años en España y los datos, unificados, marean. En 335 partidos (319 como titular) ha acumulado 10.862 minutos sobre el parqué, en los que ha realizado 6.177 lanzamientos a canasta, ha capturado 2.084 rebotes y repartido 541 asistencias. En la pintura se ha fajado hasta cometer 1.149 faltas personales y recibir 1.729. Siempre ha sido listo para el juego, pese a haber interpretado un papel para el que el vestuario le quedaba chico dada su limitación de altura (198 centímetros) a la hora de vérselas con oponentes que le sacaban media cabeza.
Hablar en la cancha
A las órdenes de Petrovic, José Antonio Pesquera, Imbroda, Fijo, Gómez Nieto, Quintana y Vidorreta, ha sabido tensar la cuerda hasta el umbral de la resistencia. Cuando se ha pasado un par de milímetros lo ha sabido solucionar como mejor quieren los entrenadores, hablando en la cancha.
Hoy puede ser un gran día para el jugador de Arkansas, aunque se ha apresurado a ceder el protagonismo a la necesidad que tiene el equipo de ganar al Grupo Dunas Gran Canaria. Superará los 6.000 puntos, pero nada cambiará en su guión. Sabe que su retorno final a Estados Unidos está cada vez más próximo. No le asusta; tampoco le preocupa. Pero lo dilatará lo máximo posible. Y mientras tanto, a seguir escalando puestos entre los elegidos.