El Correo Digital
Domingo, 12 de febrero de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares    Página de inicio
PORTADA ÚLTIMA HORA ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
SOCIEDAD
SOCIEDAD
Viaje irreal a Bilbao
Imprimir noticiaImprimirEnviar noticiaEnviar

Publicidad

Lo elegante era Bilbao -decía mi padre que solía decir su padre, mi abuelo Cayo Pombo Ibarra-. Nosotros éramos elegantes también. Por eso elegíamos de aquel Bilbao anterior a la Guerra Civil -el Bilbao de principios del pasado siglo XX, el de la tía Rafaela y mi bisabuela Virginia- la elegancia, lo elegante, por analogía con nosotros mismos. Y a través de la palabra elegante establecía yo entre santanderinos y bilbaínos un parentesco más vigoroso que el de la sangre e incluso que el de las costumbres. No obstante haber entre Santander y Bilbao sólo cien kilómetros de distancia, yo tenía la impresión de evocar mediante la palabra Bilbao una intensa lejanía familiar, un fascinante mundo industrial y lluvioso, londinense, un reino de cigarros puros y buen tabaco de pipa y Players Navy Cut y arroz con amayuelas: un mundo de fervor metalúrgico y altísimas chimeneas renegridas por contraste con el indolente mundo de los santanderinos del Muelle.

Confío no ofender a mis paisanos con recuerdos (instantáneas subjetivas, eso es lo que recuerdo significa) que proceden de mi niñez y primera juventud y menos aún a los bilbaínos con imágenes que no casan ya del todo con el Bilbao verdadero de ahora mismo. Una casa, un jardín -dice el gran Octavio Paz- no son lugares: giran, van y vienen. Son apariciones. Mi relación con el norte de España, el Norte por antonomasia, ha acabado convirtiéndose muy dickensianamente en una historia de dos ciudades. Escribo estas líneas con la audacia temblorosa del explorador imaginario: dejé Santander muy joven y nunca viví en Bilbao. Ni siquiera he visitado Bilbao con frecuencia: dicen que el secreto de la maestría de los corredores de los cien metros vallas comienza por desarrollarse en sus cabezas: ahí la habilidad pensada tiene lugar, la minuciosa preparación imaginaria del ejercicio que físicamente ejecutarán después.

Así también, el reconocimiento de una ciudad, de todo un país, el País Vasco, los vascos, es en principio una hazaña imaginaria. Uno tiene que empezar por imaginarse cómo son, antes quizá que vivir entre ellos o leer acerca de ellos. Una parte considerable de mis recuerdos de Bilbao está impregnada de acento bilbaíno, es el Bilbao de la viva voz que oía yo a los chicos del colegio de San José de los jesuitas de Valladolid, a los padres vascos de ese colegio, donde acabé el bachillerato. Me encantaban los chistes vascos. Y el acento. Entran aquí dos lecturas: una recientísima -y retrasada- 'El bucle melancólico' de Jon Juaristi, y otra juvenil, 'La vida nueva de Pedrito Andía', de Sánchez-Mazas. Esta segunda lectura fue esencial, sobre todo, por su estilización de lo que para mí era y ha seguido siendo una notable estilización del habla bilbaína.

El euskera no tenía en aquel entonces realidad lingüística para mí. Lo que la tuvo a partir de mis amigos bilbaínos del San José y del Pedrito de Andía fue esta estilización de Sánchez-Mazas. Soy consciente de que se amontonan las objeciones llegado este punto. Decía Jon Juaristi, allá por el 1988, que una cosa es una idea indemne: supongo que quería decir -con este su muy fuerte sabor anglosajón pragmático-idealista-hegeliano-bilbaíno- que una cosa es una idea lograda, realizada, una efectividad real (Wirklichkeit). Bilbao, sinécdoque para mí de todo el País Vasco, es una cosa, una idea indemne, un gran Bilbao ileso que crea su propio gran futuro para todos nosotros. De momento deseo subrayar sólo la importancia que en mi formación literaria futura tuvo aquella vasquización del castellano que tan magistralmente utilizó Sánchez-Mazas.

Recuerdo una excursión en tren de hace ahora veinte años que organizó Víctor García de la Concha, catedrático entonces de literatura en Salamanca. Tuvo gran importancia en aquellos años. Yo la llamo la aparición del tren de Verines: era, creo recordar, un trenecillo asturiano de vía estrecha, que, con espléndido desayuno en Llanes y escala en Ribadesella, llegaba a Covadonga. Viajaba, debo añadir, irrealmente también, en espíritu y verdad, hacia el País Vasco, hacia Cataluña, hacia Galicia, porque ese era, según Víctor, el objetivo de aquellos Encuentros. Específicamente, imaginariamente, hizo para mí el recorrido Santander-Valladolid-Bilbao. Acababa yo de ganar el Herralde y de ingresar por fin, con cierto aplomo, en la vida literaria española. Tras doce años de exilio voluntario en Londres ya no era yo, por edad, un joven escritor, aunque me mezclaba agridulcemente con las jóvenes promesas de la época.

En el tren de Verines -a golpe de silbato- nos embarcó Víctor a todos en una increíble experiencia multicultural. Fue un viaje estupendo. Y a mí, en concreto, me sirvió para oír, por primera vez en mi vida, el euskera. En este viaje conocí a Bernardo Atxaga, Arantxa Urretabizcaia, Jon Kortazar, Mario Onaindía, Jon Juaristi, Angel (Andu) Lertxundi... No fue una relación profunda. Fue, por mi parte, somera, casi resbaladiza, como aquel viaje que tan certeramente equilibraba el trenecito infantil, el viaje de juguete y la seria intención de relacionarnos de viva voz todas las lenguas de España. Escribí instantáneas acerca de Onaindía y Juaristi, con emoción, aquellos días, quedan recogidas en mis 'Alrededores' (Anagrama, 2002). Este impenetrable euskera literario me recordó el habla de los pescadores que atracaban en Santander en Puerto Chico cuando yo era niño y que guisaban los marmitakos en la cubierta de sus parejas. Recordé entonces, en el tren de Verines, un fragmento del prólogo al Diccionario Vasco Español Francés de Resurrección María de Azcúe, regalo de un amigo donostiarra- donde el presbítero se preguntaba en 1905: «¿No habrá en Oxford, Berlín o Washington, -ya que no dan señales de vida en este punto la Sorbona y la Universidad de Madrid, que son las más llamadas- no habrá en aquellos focos de lingüística quien acoja esta hermosa lengua, coetánea por lo menos, si no anterior, a las lenguas de Confucio, Salmanasar, y Ramsés?».

Aquí teníamos ahora a un catedrático de Salamanca, Víctor García de la Concha, instándonos a escuchar los relatos de los autores vascos en su idioma original, que después nos releían traducidos al castellano. ¿No es esto cómico y seriamente profético a la vez?

Al volver a España después de más de una década en Londres, me sorprendió lo mucho que se habían alterado los paisajes en mi ausencia. Quizá el franquismo actuaba como un fijador de las emociones y de los paisajes: la proclamada estabilidad del Régimen imprimía en conciencias impresionables como la mía una impronta de inmutabilidad. Pero yo mismo venía de la gran variabilidad e indecisión de tantos años en el extranjero. Venía sostenido, por un libro de relatos titulado Relatos sobre la falta de sustancia y la situación cambiante de España me pareció uno de mis relatos entonces. España estaba en movimiento y eso hacía caer muchas cosas. Una de las cosas que sorprendentemente habían caído por tierra eran los astilleros de Bilbao, la ría de Bilbao. Vi muchas películas sobre este asunto. Entonces surgió el Guggenheim: la palabra 'entonces' tiene ese poder ambiguo análogo al que tiene la palabra 'ahora': designa un momento preciso, un número definido, el número del movimiento según el antes y el después, que decía Aristóteles, y a la vez contiene infinitud. El 'entonces' de la aparición del Guggenheim para mí fue un ars inveniendi. Veamos: había los restos del Bilbao de la tita, de la casa y el jardín de La cava, del Deusto donde mis tíos y mis primos estudiaron y se hicieron abogados y economistas. Había el lenguaje arcaizante, el beleño de las vidas de santos como la que compuso el padre Camilo María Abad, de la compañía de Jesús y que se imprimió en Bilbao en 1919. Y esto incluía todas las fotografías del Bilbao anterior al Bilbao que ahora conocemos. Y el esplendor de la industrialización de la ría de Bilbao. Y el contraste entre los nuevos ricos y los nuevos pobres. Y las fotos de gentes sin nombre tomando el tranvía o víctimas del delirio de ser, simplemente, mano de obra barata. Y mi propensión a considerar la industrialización y los logros de la sociedad capitalista como un bien indiscutible que actúa sobre los seres reales y que, como decía David Hume, 'raises, in a manner, a new creation'. Ambigüedad del gran capital de aquel viejo gran Bilbao, entrecruzándose con el adagio de Wallace Stevens: 'Money is a kind of poetry'. ¿Cuánto he aprendido en estos años gracias a los vascos! ¿Cuánta soberbia de alta burguesía he ido domando en mi corazón en estos años! ¿Hasta la medalla de oro que aquella incipiente siderurgia, Nuestra Señora del Carmen, recibió en la exposición universal de París de 1855 por la calidad extremadamente dulce de sus hierros (¿qué hermosa imagen ésta!) me enorgullecía en mi juventud! Y la transformación en 1882 de esas sociedades en los Altos Hornos de Vizcaya. Aún pienso que está por escribir -si se me permite expresarlo así- una historia de las familias bilbaínas del XIX equivalente a los Buddenbrok del Lübeck de Thomas Mann.

No reedita el Guggenheim los Altos Hornos de Baracaldo de 1908 en metáfora y verdad? ¿No es esto una exageración? ¿No es esto una simplificación? ¿Qué gran línea hiperbólica une los desaparecidos astilleros bilbaínos con la ondulación pisciforme de aluminio reflectante del Guggenheim! ¿No nos ha enseñado Bilbao, el gran Bilbao, a todos los españoles, cómo se transita de la industria pesada a las ligeras industrias de la posmodernidad? ¿Resbalad, mortales, no os apoyéis! ¿Pero no es esta la gran divisa del nuevo sistema comunicativo, turístico, global, hermenéutico del mundo en que vivimos? ¿No es esto el nuevo gran Bilbao? Hasta el comentario -menos ingenuo de lo que parece- del lehendakari acerca del rodaje del último 007 en el Guggenheim bilbaino, apunta en esta nueva dirección comunicativa. Estamos dando tales pasos con tanto atrevimiento que parece que nosotros mismos, yo mismo, un narrador santanderino no-natural de ningún sitio, he creado, he inventado el nuevo gran Bilbao. Pero nadie inventa lo que no es. De la misma manera que según Parménides nadie puede pensar lo que no es, nadie puede inventar lo que no es. Entonces yo no invento lo que invento, lo veo. Veo, al amor de la lumbre de mi chimenea madrileña, tan pavonada, tan siderometalúrgica ella misma, los maravillosos reflejos del Guggenheim en la Ría.



Vocento