Temor, ilusión, incertidumbre, revancha, justicia... Las elecciones de febrero de 1936 suscitaron múltiples sentimientos y actitudes. Tanto subió en intensidad el ritmo de la vida política española que se hizo imposible hablar de otra cosa que no fuera la contienda electoral. Para algunos, aquella cita con las urnas significaba el gran momento del cambio. «¿Ánimo, vizcaínos! Mañana a votar con orgullo al Frente Popular», rezaba a seis columnas el titular de 'El Liberal'. Y es que no era para menos su optimismo. Se había conseguido que las principales fuerzas de izquierda se presentasen juntas, en una gran coalición que ellos mismos calificaban de revolucionaria. Socialistas y republicanos progresistas unieron sus fuerzas después de consensuar un programa electoral que, tal y como afirmaban, era mucho más que un compromiso político. Era todo «un índice de reformas para llegar a la verdadera transformación económica del Estado». Pero, sobre todo, era su gran baza para derrotar a una derecha que, desunida, desgastada y desprestigiada por los dos años pasados en el gobierno, no sabía más que oponerse al progreso. Por ello, tocaba por fin la gran hora de la izquierda. Su eslogan fue: «Amnistía. Estatuto. ¿Ni un desahucio más!».
Evidentemente, para la derecha, el Frente Popular no tenía más que un objetivo: la Revolución. Como se llegó a escribir en 'El Noticiero Bilbaíno', «si vencieran los del Frente popular, al siguiente día de las elecciones, las masas bolcheviques se cobrarían la victoria inmediatamente». No cabía la menor duda de que la sombra de Lenin era alargada y planeaba amenazante sobre España. Tampoco faltaron en aquella sinfonía de opiniones los que afirmaron que una victoria «marxista puede ser la revolución y la guerra civil».
«¿Por la civilización cristiana, por la libertad de la patria y por la justicia social!», fue la proclama electoral de un Partido Nacionalista Vasco que acudió a las urnas en solitario, lo que le hizo sufrir una campaña electoral un tanto incómoda. Ideológicamente estaban a la derecha, mientras que políticamente no cabía la menor duda de que se alineaban con las fuerzas de izquierda. Razones de peso, ambas, para convertirse en blanco de los otros dos contendientes. Sobre todo de los conservadores, para quienes estaba clara cuál era la verdadera aspiración nacionalista: «Euskadi, nación, independiente de España, nación. Integralmente independiente». Con este panorama, los nacionalistas no pretendían otra cosa que mantener su influencia lo más sólida posible.
Y ganaron las izquierdas. Tal y como habían vaticinado los expertos, el Frente Popular fue el gran triunfador en la cita electoral del 16 de febrero de 1936. Un domingo apasionado y lleno de esperanza en el que, según informaron la mayor parte de los diarios, la tranquilidad había sido absoluta. Bilbao fue un buen ejemplo de cómo transcurrieron las votaciones. Entre las ocho de la mañana y las cinco y media de la tarde, los electores acudieron en buen número a los colegios repartidos por los diez distritos electorales de la villa. La nota dominante de todo el día fue la normalidad -reforzada por un amplio despliegue de Guardia Civil, Miñones y Guardia de Asalto-, que tan sólo se alteró por las conocidas 'bolillas', es decir, los intentos de votar en nombre de enfermos, ausentes, muertos, vecinos y demás personajes reales o inventados. También se rompió una urna en un colegio del distrito de Santiago y en la calle Diputación hubo insultos, empujones y hasta disparos al aire entre las personas que se hallaban esperando en la cola, pues ésta les parecía sospechosa. Y es que uno de los trucos para perjudicar a una u otra opción política era provocar colas en los distritos electorales del contrincante de turno para ralentizar la votación. Sin embargo, estos sucedidos fueron más bien anécdotas en una jornada en la que predominó la normalidad democrática.
Segunda vuelta
Ya desde las primeras horas, tras el cierre de los colegios, se daba por descontado el triunfo del Frente Popular en las áreas industriales y de los nacionalistas en las rurales. Las sospechas se vieron confirmadas al acabar el recuento. «¿Victoria! ¿Victoria! ¿Victoria!», proclamó a los cuatro vientos 'El Liberal'. El Frente Popular había obtenido un triunfo mayor que el del 12 de abril de 1931. Además, la coalición había barrido en Bilbao, donde sus candidatos, Indalecio Prieto, Mariano Ruiz Funes, Julián Zugazagoitia y Leandro Carro, podían degustar las mieles de la victoria republicana. El triunfo de las izquierdas era inapelable. Así lo reconoció el diario 'Euskadi' al afirmar que el «Partido Nacionalista Vasco, que iba solo a la lucha, cogido entre dos poderosas coaliciones y sufriendo los embates conjuntos de una y otra, ha sufrido una derrota electoral». No obstante, en el resto de Vizcaya, y también en Guipúzcoa y Álava, hubo que ir a una segunda vuelta que se celebró el 1 de marzo. Entonces la lucha se ciño a las dos opciones con más posibilidades en las área rurales: nacionalismo y derecha.
Los resultados finales complacieron sobremanera a un Partido Nacionalista que, sorprendentemente, mantuvo firmes sus réditos electorales. En Vizcaya desbancaron a la derecha y obtuvieron cinco diputados frente a los cuatro del Frente Popular. Los conservadores, por su parte, se quedaron sin ninguno. En el conjunto total del País Vasco, el PNV obtuvo nueve diputados, ocho el bloque de derechas y siete el Frente Popular. Era evidente la fragmentación tan proporcionada del voto con respecto a las tres opciones. La izquierda, la derecha y el nacionalismo tenían dominios muy marcados en el País Vasco.
Lo peor vino después, en forma de amenazas y comentarios llenos de indeseables premoniciones. Como la que se hizo en 'El Pueblo Vasco', donde una reseña sobre los resultados afirmó que «el mayor bien que podríamos desear a España» era que las elecciones del domingo 16 de febrero de 1936 fuesen «las últimas elecciones que se celebren».