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Martes, 14 de febrero de 2006
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CULTURA
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En el pasado
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Un viejo rockero, John Cale, entrevistado en este periódico, dice que pasa olímpicamente del pasado. Dice que no le interesa y que encuentra en el presente muchas cosas estimulantes. Dice que su música se mueve entre la tradición y las nuevas técnicas, y dice que prefiere ensayar, descubrir formas inusitadas de escritura aun después de cuarenta años de trayectoria artística. Ah, el pasado. Ese cielo protector y conocido calorcito de la faltriquera de la abuela. El pasado al que se rocía de perfume para que no apeste a refajo de vieja bruja. Si reniegas de él, malo; si lo sacralizas, peor todavía. Y está renaciendo el culto al pasado. Esa beatitud ante la confitura casera al más puro estilo ayer, los productos a la antigua, las alegrías de antaño en armónica convivencia, las fiestas y los bailes y los vestidos. La Europa de los años 40. La España de los años 30, en la que todos eran santos inocentes. La búsqueda de las raíces, de la identidad, de la tribu perdida.

Yo creo, igual que Cale, que la cultura se conjuga en el presente, se renueva a cada instante, inventa, crea, evoluciona, recomienza. Sin confundir la memoria con la nostalgia alienante, tener por espacio cultural la vida toda, simplemente. Hay que ver qué calamitosos incendios se originan cuando se aviva la lumbre de seculares rescoldos. Unas caricaturas de Mahoma hacen saltar la chispa en la piedra sagrada de la Meca y todos los bomberos con mando en plaza de este mundo andan preguntándose dónde estará la manguera para apagar un fuego sin control que amenaza a la libertad, que asfixia a la libertad de expresión con el humo tóxico de la censura, que asedia a la libre sátira con llamaradas de violencia.

La sátira mordaz, aun la despiadada, es tan necesaria como el oxígeno. Es cierto que la sátira duele, hace pupa, pero la sátira resucita hasta los muertos, reaviva a la verdad sepultada, la sátira es un don que no se sabe qué Dios concede a unos elegidos. En unos trazos de tinta hay caricaturistas que logran transmitir más que una copiosa información. Se pide respeto aunque con el dedo amenazan miedo. La intelectualidad europea se divide en dos polos, y en casos calla ante el devastador asunto de las viñetas. El tema chamusca.



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