Si el drama romántico cobra algún sentido, lo hace, sin duda, en la obra de Jane Austen, impregnada de amores que se resisten al entendimiento por circunstancias involuntarias, al servicio de mujeres entregadas a la caza del hombre y la posición, salvo la heroína, siempre inteligente, sensible, rebelde, firme y víctima del desazón amoroso. Sus narraciones siempre giran alrededor de un grupo familiar femenino. El componente masculino resulta imprescindible para colmar anhelos y provocar recelos, enmascarando las bondades en un enredo de confusiones y malentendidos. De ahí el prejuicio y el orgullo o el sentido y la sensibilidad de los protagonistas de sus novelas.
En la adaptación de la literatura de época juegan una baza importante la ambientación, el vestuario y las localizaciones. En este sentido, no cabe reproche alguno. La película ha sido rodada, sin decorados ni estudios, en parajes naturales ingleses lo que concede un realismo muy acorde con lo que cuenta. El debutante realizador, consciente de que la prosa de Austen contiene muchas referencias visuales de los personajes, ha trabajado con primeros planos y composiciones formales que fotografían a la perfección el estado de los ánimos y de las cosas. Además, logra una gran agilidad mediante planos secuencia portentosos -véase el baile- en los que los personajes entran y salen, hablan y escuchan, con pasmosa simplicidad.
Como hizo Ang Lee con 'Sentido y Sensibilidad', Wright ha conseguido un filme encantador, delicioso, con una armonía perfecta entre drama, romance y comedia costumbrista, y un soporte interpretativo muy acertado.