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Martes, 14 de febrero de 2006
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DEPORTES
ANÁLISIS
Carta a un león herido
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Tomo prestado el título a mi admirado maestro José Maria Mújica (me lo imagino sufriendo junto a otros ilustres forofogoitias allá arriba, al otro lado del arco, en estas horas inciertas para nuestro querido Club). Va por usted, maestro. Y es que, cuando te duele el Athletic, es imposible aparcar los sentimientos al encender el ordenador. Puestos a rescatar supervivientes entre los escombros de un proyecto deportivo torpemente dinamitado, me inclino ante San Mamés. En eso si somos los mejores del mundo, mira tu por donde. Su comportamiento ya no sorprende. Emociona. Para escalar el Everest de la salvación, el orfeón rojiblanco representa como nadie el papel del fiel serpa de sir Edmund Hillary. Todos necesitamos a un Temsin Norgai. Y este equipo sabe que su gente no le abandona. Ellos no. Semper fidelis. El problema reside en que el reloj de arena avanza implacable. Si no recuperamos el fútbol, la afición acabará pareciéndose a la orquesta del Titanic. Solemnes en sus puestos hasta el final. Un gesto tan bello y noble como estéril.

Los nuestros cayeron el sábado en San Mamés como Errol Flynn. Con las botas puestas. Comparto con el gran pensador italiano Antonio Gramsci la teoría de que «el fútbol es un reino de la lealtad humana ejercido al aire libre». Nuestros jugadores fueron solidarios con la causa y leales con el compañero en el campo de batalla. Han interiorizado lo que está en juego y su actitud es irreprochable. Si es cierto, como afirma Valdano, que sobre el tapete verde todos terminan mostrándose como son, resulta fácil descubrir al valiente (Aduriz), al generoso (Gurpegi), al altruista (Iraola) y a todos los que conforman la compleja fauna humana. «Se juega como se vive, somos como jugamos». Cierto, así juega ahora el Athletic. Como un león herido. Sus zarpazos son tan nobles como desesperados. Pero con eso, como advertía un Clemente nada sospechoso de veleidades hedonistas, no basta.

Frente a teorías que ensalzan el lado más épico y sudoroso de este deporte, el escritor argentino Osvaldo Soriano nos recuerda que el fútbol es, al final, «una fantasía, dibujitos animados para adultos». Si a la majestuosidad del francés Zidane, un Rey Sol redivivo que interpreta el juego con la lucidez de Einstein y la elegancia de Fred Astaire, le añades la genialidad descarada de un aprendiz de brujo apodado Robinho, el resultado es un baño de realismo que te deja congelado. Pero no utilicemos el fatalismo como excusa. Hace apenas un año nuestro Athletic les derrotó en San Mamés y en el Bernabeu granjeándose el respeto y la admiración general. Dante nos recordaba en La Divina Comedia que «no hay tristeza más grande que recordar en la miseria nuestros momentos felices», pero es necesario hacerlo para que este maltratado grupo no se olvide de lo que es capaz. Santander no es Fátima, cierto, pero necesitamos un acto de fe. Una prueba de vida. Una victoria convincente para empezar a ver algo de luz. Por vosotros. Por nosotros. A por ellos.



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