El Correo Digital
Miércoles, 15 de febrero de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
El amargo regusto de la victoria
Jamás una conquista tuvo tanto sabor a derrota como la lograda por el Frente Popular el 16 de febrero de 1936. Aquel día, del que mañana se cumplen setenta años, la II República española vivió sus últimas elecciones generales. El éxito de republicanos de izquierda, socialistas y comunistas, apoyado por anarcosindicalistas imbuidos de realismo, tenía ya, incluso antes de producirse, cierto regusto de miedo a la reacción; al cabreo inconformista de una derecha española que, desacostumbrada, había mal digerido el vuelco democrático dado en abril de 1936, lo que le había llevado a adoptar una actitud de soberbia producto, precisamente, del pánico a una supuesta revolución inventada por ellos mismos. No obstante, ese sentimiento de miedo se hizo casi universal pues estuvo presente, en mayor o menor grado, en todas las opciones políticas que contendieron durante aquellos días de febrero. No es de extrañar que llevados por la desesperación y la repulsa hacia los contrarios surgieran tópicos sobre lo que más temían. Así, desde el bando conservador, nació la idea de que toda alternativa cercana al marxismo podría suponer para el país la degeneración y la destrucción. A todo el conglomerado del Frente Popular se le hizo extensible la rotunda idea del comunismo revolucionario, de tal modo que hubo quien, incluso desde la prensa más moderada, afirmó que ni los socialistas, ni los comunistas, ni los sindicalistas querían vías democráticas para implantar sus programas porque su única aspiración era la dictadura del proletariado y la posterior conversión de España en una sucursal del poder soviético.

No fue casualidad aquel proceso de radicalización. La derecha mantenía, con una fidelidad casi religiosa, el recuerdo de lo acontecido durante la revolución de octubre de 1934, cuando al llamamiento de los socialistas a la huelga general y al activismo de los sectores más radicalizados de la izquierda se sumó la 'revolucionaria' proclama del presidente de la Generalitat, Companys, por la que Cataluña se convertía en una república dentro de la República federal española. Todo esto unido al golpe semisoviético acaecido en Asturias hizo reaccionar, desde el extremo, a sus elementos más radicales. Retornaba de nuevo la vieja idea del orden frente al desorden. Y así se demostraba lo antinatural que el régimen republicano y democrático podía ser para España. Esto hizo, precisamente, que la represión de la protesta de octubre del 34 fuera tan contundente y descarnada. Totalmente desmedida. Aunque, sin deshonrar a la verdad, habría que decir que aquella reacción se presentó como la única opción que desde la derecha se podía dar al país. Dicho de otro modo. Los sectores más conservadores descubrieron que la mejor manera de combatir el miedo a la imaginada ofensiva roja era extender el miedo propio a través de la represión y del recorte progresivo de los avances sociales, pues a ellos se achacaba la impaciencia y soberbia de las masas populares.

La izquierda, por su parte, no creía que la derecha española pudiera encontrar un lugar adecuado en la vida democrática de la República. De ahí que se empeñara en acabar, de la forma más contundente y rápida, con todas sus bases ideológicas, incluida, claro está, la Iglesia. No parecía existir otra solución porque, desde el punto de vista del combate de las ideas, la derecha española no aportaba nada a un país que lo que quería era progresar. Se oponía al fomento de la cultura, a la transformación económica y modernización de España y mostraba una ignorancia tan peligrosa que descuidaba completamente los medios utilizados con tal de conseguir los fines que se marcaba. Razones de peso para que no se les concediera un hueco en la dinámica democrática de la República. No sabían utilizar las herramientas políticas exigidas para ello. Esta visión excluyente de los conservadores venía avalada ya por las actitudes demostradas por buena parte de ellos. Por un lado, la política de desahucio constante que practicaron tras ganar las elecciones durante el bienio 1933-1936. Y en segundo lugar, por las voces que, mucho antes del 16 de febrero de 1936, se oyeron en contra de la República. Entonces, si no la deseaban, ¿para qué contar con ellos? Esta soberbia fue una de las fatalidades de la izquierda.

El triunfo electoral que desde la prensa progresista fue calificado de histórico, de más alto rango que el obtenido en abril de 1931, no hizo más que ratificar la existencia de un tópico que, no por repetido, parece entendido: el de las dos Españas. En cuestión de votos contantes y sonantes, las diferencias entre la izquierda y la derecha no fueron tantas. Menos de un millón. Además, no hay que olvidar que los segundos aumentaron su patrimonio electoral y se reforzaron sobre todo en las zonas donde predominaban los terratenientes y el campesinado medio. Fue precisamente la existencia de esta base electoral de la derecha lo que llevó a que desde la izquierda se trabajara para combatir el caciquismo, al mismo tiempo que se empeñaron medios para llevar la cultura y las herramientas suficientes que permitiesen el cultivo de la razón en aquellas zonas más castigadas por la falta de recursos educativos y, por ello, patrimonio de la derecha más recalcitrante.

Nada de esto exculpó el posterior comportamiento de la izquierda. Desunida y desacompasada ideológicamente, no supo restar ansiedad a unas masas que quisieron logros sociales en poco tiempo. Tampoco se supo controlar a sí misma. Esto aumentó el miedo en los sectores más radicales de la derecha hasta que, desbocada en su incapacidad para digerir la dinámica democrática, ya no aguantó más. Y así se hicieron realidad las premoniciones que llegaron a desear que aquellas elecciones fuesen las últimas que se celebrasen.



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