Cuando se oye que la princesa está triste las miradas se vuelven a Japón. La princesa triste por excelencia vive allí. Los pasitos de japonesa de Masako emiten un eco de melancolía entre los muros de palacio. Juega con su hija Aiko, que es un sol de niña, en los jardines imperiales, ajena la pequeña a las leyes dinásticas que le impiden aspirar al trono del Sol Naciente pues el anunciado nacimiento de un príncipe la dejará sin corona. Esas cosas no pasan en los jardines de infancia de la gente llana y corriente. La corona es el juguete preferido de las niñas que juegan a ser reinas aunque nunca jamás reinarán ni como las de los cuentos de Calleja ni tampoco como las que reinan de verdad y pasean sus reales figuras por las noticias de todos los días. A los niños, sin embargo, a los pequeños varones, los reyes de la casa en realidad, no les va el coronarse ni les inspiran el cetro y el armiño para vivir fantasías y no cambiarían la máscara de Spyderman y el antifaz del Zorro o el distintivo de un héroe de ahora por una tiara. Estas diferencias entre ellas y ellos son jugarretas del ayer que se conservan de una niñez a otra.
Un cuento que persiste es 'La reina de las nieves' en el que Andersen cuenta la historia de un espejo roto, alegoría de la lucha entre el bien y el mal, de la memoria contra el olvido. El espejo del diablo se rompe en mil pedazos y un cristal se incrusta en el ojo de Key, el niño pobre. Entonces su corazón se hiela y la fealdad le parece más interesante que la belleza. En alas del viento junto a la reina de las nieves se dispone a volver la espalda a su pasado, al amor por su amiga Gerda, la única que sabrá hacerle recuperar la razón. La actual reina de Dinamarca tuvo la idea de llevar al teatro esta fábula glacial del clásico más popular de su país. La reina Margarita lanzó el proyecto, diseñó el vestuario, eligió a los actores, la puesta en escena: decorados simbólicos, misteriosos y una envolvente atmósfera kitsch, muy kitsch según entiende la crítica. Pero eso es lo de menos. Lo que interesa es ver a una reina humana que toma en sus manos el destino de una reina de ficción. Todo un símbolo en esta época en que algunas realezas se derriten por la mucha exposición a la luz pública.