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Miércoles, 15 de febrero de 2006
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OPINION/Campo de sueños
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Ahora que las cosas están mal, debemos resistir la tentación de buscar culpables. Ya habrá tiempo al final, como dice el presidente, aunque no sé si hablamos de lo mismo. Los aficionados del Athletic llevan toda la temporada pasándolo mal y, sin embargo, son ejemplares en su apoyo al equipo. Pero no se les puede pedir, ni a ellos ni a la prensa, una mirada carente de crítica, un entusiasmo ingenuo y ciego de monjitas guitarreras. No es razonable pedir que se endulce el punto de vista y es injusto insinuar que quien critica decisiones discutibles no desea el bien del equipo. Nadie tiene el patrimonio de los colores. No debe confundirse el equipo con el presidente, el entrenador, los futbolistas, ni siquiera con los socios. El equipo no son las personas sino la leyenda. El equipo es el de todos los que lo sienten, y el de todas nuestras vidas. Hablábamos del equipo con nuestros padres, cuando éramos pequeños, y también tiempo después, cuando nos hicimos mayores y ellos envejecieron. Entonces, cuando ya no era fácil hablar de otras cosas, sacábamos la conversación del fútbol, el de la temporada y, sobre todo, las antiguas alineaciones, los viejos partidos, y funcionaba siempre, nos sentíamos unidos. El equipo es el mismo, el que vimos cuando teníamos edad para que aquellos futbolistas fueran nuestros héroes, y el de ahora, con jugadores a los que a veces regañamos un poco, como si fueran nuestros hijos.

Hay una estupenda película titulada 'Campo de sueños'. El protagonista escucha extrañas voces que le conminan a trazar un campo de béisbol en un maizal. Atendida la petición, empiezan a venir jugadores. Han sido convocados los mejores de todos los tiempos, para jugar entremezclados, como si todos tuvieran la edad que tenían en sus mejores temporadas. En ese campo mágico de sueños, gracias al béisbol, el protagonista se reconcilia con su padre, muerto tiempo atrás. Eso es el Athletic, los jugadores y sus seguidores de todos los tiempos. Han cambiado muchas cosas, hemos cambiado nosotros, pero el Athletic es el mismo. En una reciente entrevista, le pidieron a Clemente los nombres de dos futbolistas del equipo de los ochenta que vendrían bien para reforzar el de ahora. Su respuesta fue sorprendente: Liceranzu y Sarabia. En la alineación de mi campo de sueños estarían los dos de Clemente y también alguno de ahora, como Yeste, al que, sin embargo, critiqué en mi columna anterior porque me pareció que se había equivocado.

En el último partido perdimos contra el Madrid, y tal vez no fue la mejor ocasión para jugar con la defensa adelantada, como en los tiempos de Mendilibar, cuando cualquier delantera nos entraba en cuña, igual que los barcos ingleses en Trafalgar. Tampoco resultó eficaz que fuera el portero quien repartiera el juego a pelotazos, los centrocampistas volvieran a ver pasar aviones sobre sus cabezas y los delanteros acabaran extenuados de saltar sin posibilidades. Pero todos se dejaron el alma y, de esa manera, y especialmente si jugamos mejor al fútbol, como sabemos, porque lo hemos hecho, básicamente con el mismo equipo, en las dos últimas temporadas, ganaremos al Racing y al Villarreal. Entonces veremos las cosas de otra manera. Nunca me perdonaría haberle regateado el apoyo al Athletic en los tiempos difíciles, pero reivindico el derecho a la crítica. Espero también que no sea necesario volver a explicar que todos somos de los nuestros. Ánimo, pues.



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