No están dispuestas a que se les quite la dignidad, en un proceso de negociación con ETA. Ahí están las víctimas del terrorismo. Y tanto les ha costado llegar a ocupar el lugar de reconocimiento del que disfrutan ahora, que no quieren que cuando se escriba la Historia aparezca una gran mancha de olvido en la referencia a los cuarenta años en los que el terrorismo les hizo la vida imposible. Se han ganado a pulso su estatus actual, el de ser la voz de la conciencia de los gobiernos de turno, a pesar de que todavía tienen que aguantar que se les diga de un partido, que el otro les manipula. O que son unos desestabilizadores. O que tienen que «tragar» y ser «generosos».
Quizás, por todo eso, los ex presidentes de este país que están en plenas facultades, quisieron dejar su testimonio personal e intransferible en el Congreso de las Víctimas celebrado en Valencia. Todos menos uno, Zapatero, que se encuentra ante una encrucijada. O no tuvo valor de aguantar el recibimiento presumiblemente nada cálido que le habrían dedicado los asistentes al Congreso. O tuvo el gesto medido de evitar dar un peso político a los colectivos de víctimas , ahora que se están perfilando los escenarios de los futuros diálogos para la paz. Ahí está el quid de la cuestión.
En sintonía con esta percepción (que las víctimas hablen, pero poquito, y que no influyan nada en la política que la hacen los partidos y los parlamentos) está el Gobierno vasco. Su portavoz Azkarate, sí aboga porque se acompañe a las víctimas en su dolor, pero (es decir: por otra parte) hay que seguir trabajando para alcanzar la paz, quiere decir que nos encontramos ante dos caminos. Y el que señalan las víctimas no conduce a la normalización de Euskadi, tal y como la sueñan los nacionalistas.
En ésas estaban todos cuando el socialista López, que había perdido tanto protagonismo mediático como el lehendakari Ibarretxe, reaparece para explicar cómo ve el reglamento de la mesa de partidos que deberá constituirse después de que ETA anuncie el cese de su negociado. No hay nada mejor para distraer la atención en pleno 'guirigay', que salir a la escena con un ataque de 'reglamentitis'. Los vicios adquiridos en los aparatos de los partidos han hecho estragos. El nacionalista Urkullu también baja al ruedo.
Mobiliarios aparte, las víctimas salen reforzadas de este Congreso. Nadie las ha elegido. No son un partido. Ni un lobby. Pero tienen tanta autoridad moral que en este proceso no habrá quien las pare. Y tendrán que tener el protagonismo que se merecen. Mal que les pese a tantos políticos de salón. Su vigilancia es tan necesaria para la dignidad democrática que ayer la propia Maixabel Lasa advertía que, si se paga un precio político al fin de la violencia, supondría un ultraje a la confianza de la sociedad en el Estado de derecho. Con la verdad por delante.