El calendario no solamente marca el suceder de los meses y de los días, las efemérides y las festividades señaladas: también empieza a ser un aviso de determinadas dolencias psicológicas que nos acechan en periodos concretos del curso temporal. O eso al menos se deduce de la profusión de síndromes, de fobias y de malestares de mayor o menor calado que la medicina -o más bien la popularización de la medicina- vincula con ciertas épocas del año.
El fenómeno no es totalmente nuevo. Todos sufrimos en mayor o menor medida el impacto de las estaciones en los estados de ánimo. La primavera nos despierta la alegría -o nos deja abatidos, según casos- y con la llegada del otoño experimentamos mayor propensión a la melancolía. Nuestros antepasados dependían del compás que les marcaba la naturaleza para organizar sus tareas, pero también para hacer frente a emociones variables según se encontraran en épocas luminosas o sombrías, más activas o más sosegadas. Estas oscilaciones anímicas eran recibidas como un efecto normal de las circunstancias, no como enfermedades propiamente dichas. Eran desajustes transitorios que desaparecerían cuando acabase el ciclo que los había causado.
Sin embargo, cada vez es más frecuente oír hablar de padecimientos como el «estrés posvacacional», la «depresión navideña» o la «ansiedad de fin de curso». Se diría que, junto con los días marcados en el calendario como laborables o festivos, hay otros que advierten de la asechanza de un mal inevitable y fatídico. No conformes con los pesares sobrevenidos sin previo aviso -y que, en el campo de la salud mental, van en aumento-, parece como si necesitáramos emplazarlos a unas fechas o unas temporadas concretas.
No estaría muy errado quien observara en estas 'dolencias de calendario' un punto de aprensiva superstición. Cuando se espera que algo malo ocurra, aumenta el riesgo de que efectivamente suceda. Los días que caen en martes y 13 -o en viernes y 13, para los anglosajones- no son días fatídicos porque los astros así lo determinen, sino porque en esas fechas millones de hombres y mujeres se levantan pertrechados de suspicacias, prevenciones y cautelas que les hacen estar más torpes e irritables durante el día. Eso les procura un malestar que acaban atribuyendo a la maldición de la fecha. Basta con que algún especialista ponga nombre a su manía para que el supersticioso se sienta trasladado a la categoría de enfermo, es decir, dignificado y reconocido.
Y es que poner nombre a las cosas les otorga un punto de importancia, de respetabilidad, que de otro modo no conseguirían. Cuando un estado de alteración o desequilibrio es denominado «síndrome», parece que quien lo padece queda bendecido por la medicina y ya puede afrontar su caso de otra manera. En vez de hacer esfuerzos de voluntad o de paciencia para salir del bajón con sus propios recursos, exige de los especialistas un tratamiento, generalmente acompañado de los preceptivos fármacos.
El «síndrome del lunes»
Los síndromes son definidos por la ciencia médica como conjuntos de signos y síntomas que caracterizan un proceso morboso. No son, pues, enfermedades en sí mismos, sino manifestaciones externas de posibles enfermedades -unas veces graves, otras de escasa importancia- o alteraciones. Sin embargo, cuando el lenguaje coloquial habla de «síndromes» es como si se refiriera a enfermedades con cierto éxito sociológico, compartidas por personas que están en las mismas circunstancias, y causadas por efectos externos.
Paradójicamente, esta tendencia a la hipocondría de moda que tanto trivializa la medicina y los problemas de salud hace también que a menudo queden ocultos muchos problemas graves que no reciben el adecuado tratamiento porque quien los padece no es consciente de su gravedad. Cuando se confunden la pereza y la vagancia con el «síndrome del lunes», puede haber quien estando en el trabajo sufra un dolor precordial y se resista a acudir al médico por evitar que sus compañeros lo tachen de haragán. El hecho de que en el invierno y especialmente en las navidades aumenten los casos de propensión a la tristeza -sea causada por los recuerdos, por las ausencias o por los agobios consumistas- no quita para que en esa temporada aumenten los cuadros depresivos manifiestamente graves.
Los llamados síndromes estacionales, los trastornos relacionados con unas fechas o unas épocas el año, se mueven en esta ambivalencia: reconocidos en muchos casos por la medicina como cuadros estadísticamente comprobados, merecedores de atención en la medida que pueden conllevar problemas de importancia, sirven asimismo de cobijo a las mentes más asustadizas. No se deben desatender, pero tampoco sobrevalorar.
El problema es que, perdidos en esa creciente muchedumbre de falsos enfermos que llaman «estrés posvacacional» a la resaca acumulada de sangría y cerveza o que se sienten víctimas de una «depresión postnavideña» cuando su dolor no es más que el de quien asciende la cuesta de enero con el hígado castigado y la cartera casi vacía, hay personas torturadas por la angustia y el sentimiento insuperable de estar rotas. Los primeros no tardarán en volver a la normalidad después de haber saturado las salas de espera de los consultorios, mientras que los otros, los verdaderos enfermos, pugnarán por no caer en el fondo del pozo en esas fechas en que -para ellos sí- el mundo se vuelve más negro, hostil y peligroso.