Durante muchos años, los turistas que acudían a Bilbao y buscaban algo característico como recuerdo tenían que elegir entre una camiseta del Athletic o una postal del Puente de Bizkaia. Inaugurado el 28 de julio de 1893, el conocido por todos como 'puente colgante' fue diseñado por el arquitecto e ingeniero vizcaíno Alberto Palacio y hoy en día sigue siendo, además de un medio de comunicación utilizado diariamente por muchos ciudadanos, una construcción hermosa que nos recuerda algunos de los mejores años de nuestra historia. Pero los tiempos cambian y, desde que fuera inaugurado en 1997, la imagen con la que se asocia a nuestra sociedad en todo el mundo es el Museo Guggenheim, diseñado por el arquitecto de nacionalidad estadounidense, pero nacido en Toronto, Frank Gehry y su equipo. En torno a este magnífico edificio ha nacido un nuevo Bilbao en el que han colaborado, entre otros creadores, los británicos Norman Foster (metro) y Michael Wilford (Estación Intermodal); el valenciano Santiago Calatrava (aeropuerto y pasarela de Uribitarte); los madrileños Dolores Palacios y Federico Soriano (Palacio Euskalduna); el argentino César Pelli, el mexicano Ricardo Legorreta, el estadounidense Robert Stern o el vasco Peña Ganchegui. Entre todos, y con el apoyo firme de instituciones y ciudadanía, el Bilbao deprimido y en decadencia de los años de la reconversión industrial ha dado paso a una nueva ciudad que ocupa un lugar importante entre las que protagonizan el mundo de hoy. Ya nadie se acuerda de que cuando el entonces consejero de Cultura Joseba Arregi, el diputado general Alberto Pradera y el alcalde Josu Ortuondo pusieron en marcha los cimientos y algo más de toda esta espectacular reinvención de una ciudad, hubo voces que se levantaron soliviantadas ante lo que consideraban una invasión de culturas extrañas ajenas a nuestra esencias. Sin embargo, hoy en día, cualquiera de los edificios citados es tan genuinamente bilbaíno, vizcaíno o vasco como la Ría del Nervión, y la crisis que vivió Bilbao está ya olvidada en toda la ciudad menos en San Mamés.
Hace cincuenta años, en la temporada 1955-56, el Athletic consiguió ganar la Liga y la Copa. Medio siglo después, el descenso a Segunda por primera vez en sus 108 años de historia parece una amenaza cada vez más real. Pero la crisis no es en absoluto casual, pasajera, ni coyuntural. De todos los títulos conseguidos por el Athletic en Liga y Copa, el 67,7% lo fueron antes de 1950. La última vez que un jugador del club fue máximo goleador de la Liga fue en la temporada 74-75 (Carlos) y el último título fue la Supercopa, hace ya 21 años. Desde entonces, lo mejor que le podía pasar al equipo bilbaíno era aspirar a jugar una competición europea donde caía eliminado a las primeras de cambio. En todo ese tiempo, el fútbol ha cambiado drásticamente. Ya no es un deporte, sino un espectáculo que exige de especialistas y cuya financiación se basa en derechos televisivos y operaciones de márketing internacionales. Y un equipo que no juega asiduamente en Europa, sin jugadores populares, no es atractivo ni para las televisiones ni para los anunciantes. El resultado ha sido que el equipo que alardeaba de tener las finanzas más saneadas lleva ya varias temporadas acumulando deudas, lo que ha provocado la venta de jugadores valiosos provenientes de la cantera como Del Horno, o la no renovación de otros que se han demostrado imprescindibles, como Santi Ezquerro. Crisis económica en un club que se jacta de cuidar la cantera como ningún otro, pero donde el último delantero centro titular salido de Lezama fue Julio Salinas. Sus sucesores, Uralde, Ciganda, Urzaiz, provenían de otros clubes. Muchas deudas, pocos jugadores y enfrente equipos cada vez más profesionalizados, tanto en lo deportivo como en la gestión.
En esa situación se ha vuelto a reabrir el debate sobre la política del Athletic y su tradición de contar sólo con jugadores vascos. El Athletic pertenece a sus socios y si éstos mayoritariamente quieren seguir en la actual situación o peor, nada hay que objetar, ni discutir. Pero no caben engaños. En el profesionalizado fútbol actual no basta con apelar a la garra para vencer, lo que se necesitan son buenos jugadores independientemente de cuál sea su casual lugar de nacimiento. Los goles se meten a base de habilidad, no con el carné de identidad. Defender que alguien hace mejor su trabajo por el mero hecho de ser de un lugar u otro es irreal en el fútbol actual, al igual que lo es en cualquier otra disciplina laboral. Los jugadores de fútbol son profesionales, no amateurs, juegan y se entrenan por un salario, y sienten los colores del club, al igual que cualquier trabajador siente los de su empresa. Contar con buenos jugadores, independientemente de su lugar de nacimiento, no va en contra de la tradición del Athletic, un club con nombre inglés, que practica un deporte llegado de las Islas Británicas a una campa que se conocía como 'la de los ingleses' y que ha tenido bajo su dirección a entrenadores de muchas nacionalidades y a muchos jugadores no provenientes de la propia cantera. Muchos de los integrantes de las primeras alineaciones del Athletic hoy no podrían jugar en el club que ayudaron a fundar. Curiosa paradoja en una entidad que dice mantener estas prácticas para defender la tradición.
Lo que nos une a un equipo son los valores que representa. El Athletic durante muchos años ha sido ejemplo de competitividad, éxitos y comportamiento. Lo que nos muestra su historia es que el Athletic y sus jugadores estaban entre los mejores. Que ganaban títulos y divertían. Por eso muchos se hacían sus seguidores al margen de donde vivían o hubieran nacido. Ir contra esta trayectoria ganadora y apostar por un equipo mediocre significa ir en la dirección contraria a lo que ha sido el Athletic. Como lo es el hecho de que el actual presidente de un club que siempre se ha caracterizado por su excelente comportamiento, dentro y fuera del campo, se dedique a amenazar a periodistas que le critican y a proclamar que un equipo que sólo ha ganado tres partidos en San Mamés en toda la temporada «es el mejor del mundo». De las razones por las que tan magnífico equipo no gana desde que él lo preside, ni una sola explicación. Es culpa de los demás. Su presidencia, en tono, gestión, resultados, sí que es un ejemplo claro de lo que significa ir en contra de lo mejor que el Athletic representa.
Esperemos que los resultados mejoren, que el equipo pueda mantenerse en la Primera División, pero al margen de ello, lo fundamental es que la modernidad que ha inundado las calles de Bilbao en los últimos años sea también capaz de llegar al envejecido San Mamés, si no queremos que la actual situación vuelva a repetirse en un breve plazo de tiempo. Han sido 108 años de una historia brillante e inigualable, pero es tiempo de cambiar para aspirar razonablemente, y no sólo a base de entusiasmo, a que el Athletic se codee con los mejores equipos de Europa y sirva de imagen positiva de su ciudad y su país a nivel internacional. El ejemplo de que es posible está en el entorno más cercano. Buenos arquitectos hacen una ciudad mejor. Buenos futbolistas, un mejor equipo de fútbol. Y luego sus edificios o sus goles terminan siempre por pertenecer a la sociedad que los edifica o los aplaude.