¿Para qué andar buscando nuevas fórmulas en el cine de terror si los viejos trucos siguen asustando? Dave Payne, director y guionista de 'Reeker', da otra vuelta de tuerca al 'slasher', léase estremecer a base de hacha y motosierra una vez pulsado el botón del contador de cadáveres, generalmente jóvenes perdidos en algún lúgubre escenario. El psicópata de turno es ahora un espectro armado con la herramienta más cara y retorcida que uno pueda imaginar, comprada en la tienda de bricolaje más cercana. Aderezando la ensalada de imágenes sanguinolentas, los protagonistas tienen visiones de gente moribunda antes de sufrir los malos modales del matarife.
Nada nuevo bajo la luna. Payne, curtido en la factoría de Roger Corman, el rey del bajo presupuesto, no puede presumir de haber agitado en exceso su sesera para encontrar una trama original, pero atendiendo a la lógica no siempre racional del público va al grano, que es lo que cuenta en el celuloide de horror. 'Reeker' es pura 'serie B', y funciona por encima de la media en un género de esquema facilón. Por fortuna, su director no se toma el argumento que tiene entre manos demasiado en serio.
Y es que, a excepción de la reivindicable 'Dead End' y de la indispensable 'Shaun of the Dead' ('Zombies Party'), se echa de menos el sentido de la diversión en la última cosecha de películas de terror. Aparecen como trabas la dictadura estética y la aproximación a la calificación moral no recomendada para menores de 13 años.
Rodada en Los Ángeles y en los desiertos del sur de California, 'Reeker' no defraudará a los aficionados al terror 'de toda la vida' gracias a su buen ritmo y a los giros en la trama. A destacar su brutal inicio, donde la empresa Monster FX, encargada de los efectos especiales, empleó más de 260 litros de sangre falsa. Por el contrario, el desenlace se antoja forzado, sin esa chispa que hace respirar el resto del metraje, más visto que el tebeo pero bien hecho.