Mediado el siglo XX, le tocó al Athletic la dolorosa y costosa tarea de renovarse. Esta necesidad, lógica y común al resto de las escuadras españolas, se presentaba para el cuadro técnico bilbaíno como un auténtico desafío. Y es que, plantearse jubilar a jugadores que, además de ser patrimonio de la memoria de la afición, eran leyenda viva del fútbol, se presentaba como una labor difícil. ¿Quién se iba a atrever a tocar a los Zarra, Panizo, Venancio...? Obviamente, semejante encargo del destino había de hacerse con mucho tino y delicadeza. En la temporada 1950-1951, el conjunto rojiblanco quedó clasificado en séptima posición y eliminado en la Copa por el Barcelona. Lo único reseñable fue la consecución del curioso Trofeo Eva Perón, tras vencer al Atlético de Madrid, y el partido de despedida del que había sido considerado como el gran capitán de los leones, Roberto Bertol. El encuentro-homenaje tuvo lugar en la Nochebuena de 1950.
Antonio Barrios
La temporada siguiente, y de nuevo de la mano de Josechu Iraragorri, el Athletic obtuvo un segundo puesto en la clasificación liguera que de poco sirvió para compensar el fiasco de la Copa. La afición no perdonó que tras haber vencido al Zaragoza 3-0 en San Mamés, se perdiera allí por 4-0. Toda una cura de humildad para quienes, orgullosos, se confiaron en exceso. El enfado de la grada de San Mamés lo pagó, cómo no, el entrenador. El nuevo inquilino del banquillo para la temporada 1952-1953, fue un decidido Antonio Barrios, que llegó con una idea muy clara: renovación. Sin embargo, las leyendas impusieron de nuevo un juego brillante y el equipo devolvió la ilusión a su público. Esa misma temporada se consiguió un sexto puesto, mientras que en el torneo del K.O., el Barcelona, entrenado por un tal Ferdinand Daucik, truncó las ilusiones bilbaínas. Pese a todo, las expectativas del proyecto de Barrios no se vieron satisfechas por lo que, al finalizar la temporada 1953-1954, fue destituido. El hombre elegido para sustituirle fue Daucik.
Nacido en Checoslovaquia en 1910, el nuevo entrenador llegó a España a finales de los años cuarenta como técnico del Hungaria, un equipo de jugadores exiliados checos y húngaros, en el que también jugaba su cuñado, Ladislao Kubala. En 1950, ambos pasaron a formar parte de la plantilla técnica del Barcelona. Daucik como entrenador y Kubala como jugador. Tras unos discutidos inicios por sus originales y extravagantes métodos, Daucik convirtió al conjunto blaugrana en una auténtico equipo campeón. No obstante, cuando llegó la sequía de títulos, en la campaña 1953-1954, la directiva barcelonista tomó la decisión de prescindir de sus servicios. Así fue, una vez libre, como llegó a Bilbao.
En su estreno con el Athletic, en la temporada 1954-1955, el equipo ofreció un aire distinto. Dio entrada a jugadores jóvenes y no le tembló el pulso para quitar a los veteranos. En la Liga se obtuvo un nada despreciable tercer puesto mientras que en la Copa las cosas fueron mejor. Se eliminó al Murcia, al Hércules y, por jugarretas del destino, en las semifinales los rojiblancos dejaron en la cuneta al Barcelona. De nuevo, después de los años se plantaron en la final. Su rival, el Sevilla. La alineación que presentó Daucik fue revolucionaria: Carmelo, Orúe, Garay, Arteche, Mauri, Maguregui, Azcárate, Marcaida, Eneko Arieta, Uribe y Gainza. Obviamente, las dudas ante aquella apuesta fueron muchas. La afición y los entendidos se preguntaban sorprendidos: ¿Arteche de defensa y Azcárate en el ataque? Pese a todo, la jugada del checo salió a la perfección y el Athletic se llevó la Copa por 1 a 0, gol de Uribe. A su regreso a Bilbao, Daucik afirmó convencido: «Este año somos campeones de Copa, pero el que viene vamos a ganar la Liga y la Copa». Estaba claro, el indomable Ferdinand ya era de Bilbao.
Copa Latina
El Athletic arrancó el campeonato liguero de 1955-1956 como una auténtica exhalación. La media docena de goles que le endosaron al Sevilla en el primer encuentro fueron toda una premonición. De hecho, los números en aquella campaña fueron de auténtico record. Trece jornadas seguidas sin conocer la derrota y lo más importante fue que se ganó en doce de ellas. Además, los bilbaínos ganaron al Barcelona a domicilio. Estaban imparables. La generación Daucik carburaba a pleno rendimiento con una finura increíble y a nadie le extrañó lo que llegó después. Campeones de Liga y de Copa. Fue precisamente tras ganar el título copero frente al Atlético de Madrid (2-1), cuando el equipo viajó a Italia para disputar la Copa Latina que, a la postre fue lo de menos. Lo que ha pasado a la historia de aquel viaje fue el recibimiento en audiencia especial del Papa Pío XII. Corría el 6 de julio de 1956 y las palabras allí pronunciadas por Su Santidad están grabadas en una placa de mármol junto al palco presidencial de San Mamés.
La temporada siguiente todo Bilbao estaba ilusionado con su equipo. El mejor de España, sin duda, ahora también estaba en Europa. El arranque de aquella Copa de Europa fue vibrante. Se dejó en la cuneta al Oporto y al Honved de Budapest. Se pudo haber dejado al Manchester United pero al final, la fortaleza del equipo inglés se impuso a un Athletic que hizo historia. Por contra, el esfuerzo europeo pasó factura al equipo en la Liga y, sobre todo, en la Copa. No se ganó nada. Su irregularidad provocó insatisfacción en la afición bilbaína. Las tácticas de Daucik ya no daban frutos. ¿Qué había ocurrido? Para colmo, en un amistoso jugado frente al Burnley, Ferdinand Daucik dejó que Carmelo, el portero, se alineara de ¿delantero! Y encima, se perdió por 5-1. Aquella extraña decisión fue duramente castigada. La afición no la perdonó y Daucik fue destituido. El entrenador que hizo soñar de nuevo a Bilbao con grandes títulos, el hombre que arrancó una nueva generación de ídolos dejaba el banquillo rojiblanco por ser un indomable.