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Miércoles, 22 de febrero de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
La cultura de la libertad y la tiranía
La verdad es la gruesa capa de sal con la que cubrimos nuestras almas para que no se corrompan; es la brújula que utilizamos en la altivez de la vida para no perdernos; es la inversión que efectuamos sobre la falsedad para cambiar la imagen del universo; es el grito que lanzamos a la cara de la noche para que sea día, a la cara del pesimismo para convertirlo en esperanza, a las cárceles para transformarlas en jardines y al filo del puñal para convertirlo en rosa. Pero nadie sabe cuál es la realidad de la verdad.

La libertad significa ausencia de restricciones sobre aquellas circunstancias que en la civilización moderna se consideran como garantías para la felicidad del ser humano, su progreso, su renovación, su creatividad en una sociedad que desea estar unida y en armonía con el tiempo en el que vive, que entiende su lenguaje, sus acontecimientos y sus relaciones.

Es evidente que hoy en día la libertad no se entiende sin la libertad de opinar, de expresar y de abrir las puertas a energías creativas. No hay libertad cuando una opinión dominante puede intervenir en la intimidad del individuo sin su consentimiento. Y como la experiencia de los individuos de cualquier sociedad tiene un valor único, solamente ellos son capaces de valorarla y de actuar según sus sensaciones personales.

En cuanto a las restricciones o represiones que ejercen la autoridad o un grupo extremista tiránico, violento y terrorista, o de denominación religiosa, no son más que una negación del ser humano a lo largo de la historia y un ataque contra su presencia creadora en el mapa del mundo.

Mientras el ser humano siga compartiendo la vida con otros y no viva en soledad, se calmarán los posibles temores a la colisión de experiencias. Por este motivo, se hace obligatorio seguir unos modos adecuados de comportamiento, de lo contrario se producirá esa temida colisión, que es una destrucción de la paz, de la sociedad y su seguridad, y crecerá la cultura de la violencia que tiene testigos en todas partes.

La lógica de la cultura de la violencia se manifiesta en una autoridad absoluta en manos de grupos de tiranos y desorientados, que pueden lanzarse a hacer lo que les apetezca y que envían a sus oponentes al infierno, como si su verdad no se difundiera sino por medio la violencia. De ese modo trabajan en la creación de una 'cultura' y en la comercialización de una lengua para el camuflaje de la violencia, como si fuera eso digno de victoria, hazaña y jactancia.

De todo esto se puede extraer que cuando una categoría específica de la sociedad imparte sus enseñanzas y conduce en la dirección opuesta al desarrollo, a la renovación y la creatividad, e impone sus principios por el fanatismo, la distorsión, la violencia y la intolerancia, se convierte a la gente en máquinas con las que destruirse unos a otros y que erosionan su interior hasta derrumbarlos.

Cuando se convierte la idea de la vuelta a las raíces y al pasado en un sistema completo y total de pensamiento, trabajo, vida en sociedad y realidad, se vuelve también a un sistema de dominación, anulación y violencia, y ése es un cambio que anula la humanidad que hay en el ser humano, difunde los fantasmas del miedo, extiende el temor, aumenta el estruendo de la derrota y el de los rebeldes en las cuevas. Así es como se convierte la cultura en un sistema de órdenes y prohibición que conduce a la paralización de la sociedad, a la parálisis de su vitalidad y a la eliminación de los rasgos personales más profundos del ser humano y de su libertad.

En ese instante, en lugar de aceptar la diferencia, se hace exactamente lo contrario, distorsionando las ideas y a sus propietarios. Y en cada camino se hallará una ley con efectos similares a los de una daga que se hunde en los corazones de los dueños de ideas valientes e innovadoras.

También en ese momento los individuos de la sociedad con nobles sentimientos se convertirán en mártires de la pluma por causa de la violencia, la tiranía y el terrorismo. De modo que se congela el movimiento de la sociedad con el fin de llevarla a vivir del pasado en el presente como una lengua o un color antiguos, una voz de la tribu, un voto de lealtad al clan y a la doctrina establecida en la interpretación jurídica e ideológica. Es un cuadro que se ve en las manifestaciones más terribles de muchos regímenes políticos y en el compartimiento de unas sociedades y unos grupos que se han encerrado en círculos cerrados externos al pensamiento humano y que están buscando en las ruinas de la historia, cada uno a su manera, respuestas y preguntas acerca de lo que hubo antes de la sociedad civil y de la humanidad, de la existencia de derechos y de su dignidad humana.

¿Cómo puede continuar la búsqueda libre de la verdad, del pensamiento y de las libertades públicas y privadas si todo es aplastado por los pies de los tiranos y de los terroristas excluyentes, por sus prácticas culturales y políticas y por el fundamentalismo verbal de los religiosos?

La respuesta sería brillante si supiéramos que la ciencia y el mundo están en pie contra la violencia, el terrorismo y la tiranía. La ciencia confirma que la violencia no es una parte de la naturaleza humana, pero hay otros motivos que contribuyen a la violencia. En mi opinión, uno de los primeros es la educación, o mejor dicho la 'mala educación desde la base', que no debe ya dejar escapar la purificación de las impurezas, la eliminación de fango, y la curación de las enfermedades y epidemias que más la frecuentan y que la abrazan, y que contribuye a la violencia, la tiranía, la represión y el terrorismo.

Con una buena educación terminaría esta corrupción, convirtiéndose así en una tabla de salvación para la paz (o, al menos, de la no violencia), y en la extirpación de los deseos de dominación, de los intereses y el egoísmo. Con el reconocimiento de la existencia del otro, el diferente, y con el ejercicio democrático, tal vez se llegará al fin deseado, a la compresión mutua. Si se desea crear el ser humano, hay que crear circunstancias humanas para él.

«Sólo el que sabe es libre, y más libre el que más sabe Sólo la cultura da libertad No proclaméis la libertad de volar, sino dad alas; no la de pensar, sino dad pensamiento. La libertad que hay que dar al pueblo es la cultura», Miguel de Unamuno.



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