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Miércoles, 22 de febrero de 2006
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SOCIEDAD
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Por la motivación al éxito
La felicidad suele consistir en la armoniosa combinación de los estímulos que tienden al bienestar, al placer, y los que se orientan a la creación, el avance y el crecimiento
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A menudo tendemos a conceder más mérito a las acciones resultantes del esfuerzo que a las ejecutadas por gusto. Parece que si actuamos guiados por el sentido del deber y la fuerza de voluntad, los trabajos y proyectos llevados a cabo de ese modo adquieren mayor reconocimiento que si nuestro móvil ha sido la búsqueda de alguna forma de satisfacción o recompensa. Que una tarea nos incomode no significa que no tengamos que hacerla. Si todo el mundo escogiera sólo aquellas actividades que le agradan, es probable que la Humanidad no hubiera alcanzado casi ninguna de las metas que le han hecho avanzar y perfeccionarse.

Pero ésta es una actitud que, bajo la apariencia de la ética de la responsabilidad, oculta muy frecuentemente un erróneo concepto de la conducta humana. Quien más, quien menos, todos nos movemos por alguna forma de motivación. Las motivaciones, junto con los apegos y los sentimientos, forman parte inseparable de las grandes experiencias que estructuran nuestro mundo afectivo. No están reñidas con los valores, por muy primarias que se presenten en apariencia. Por ejemplo, el hecho de que nos alimentemos movidos por ese factor de motivación que llamamos hambre no desacredita el acto de comer, ni siquiera cuando al hambre se le añade otro impulso como el de la satisfacción hedonista: solamente se convertirá en un contravalor cuando se sitúe en la zona de la gula inmoderada o si ocasiona comportamientos adictivos que perjudiquen la salud.

De hecho, gran parte de los comportamientos que se nos presentan ennoblecidos como manifestaciones de férrea voluntad o de sacrificio desinteresado tienen su origen en la búsqueda de alguna suerte de satisfacción. No hay que avergonzarse de ello. Ya a mediados del siglo XX Abraham Maslow estableció la conocida «escala de las necesidades» que, pese a correcciones y aportaciones ulteriores, sigue manteniendo su vigencia a la hora de analizar el porqué de los actos humanos. Según la escala de Maslow, hay cinco niveles jerárquicos de necesidades. En la base de la pirámide están las fisiológicas (hambre, sed, sueño...). Cuando consigue satisfacerlas, el ser humano pasa al nivel inmediatamente superior, que es el de las necesidades de seguridad (protección, orden). Y así vamos ascendiendo sucesivamente al peldaño de las necesidades sociales (amor, amistad, pertenencia a un grupo), el de la estima (éxito, reconocimiento) y finalmente el de la autorrealización (creatividad, desarrollo personal). Hasta no ver resuelto cada nivel, el sujeto no se plantea las necesidades del nivel siguiente. La motivación, en última instancia, sería el impulso de respuesta derivado de las necesidades más apremiantes para el sujeto según su posición en la escala.

Ganas y caprichos

Nadie discute hoy en día que el estudio y la puesta en práctica de las motivaciones facilita considerablemente el éxito de los proyectos tanto personales como colectivos. No se trata de simplificar los planteamientos reduciéndolo todo a «ofrecer golosinas» al individuo como el domador de circo que recompensa al perrito con un terrón de azúcar después de la pirueta. La motivación es entendida hoy en día como un proceso más complejo en el cual se activa, se mantiene y se dirige la conducta hacia el logro de metas que satisfagan expectativas importantes de la persona.

Coloquialmente puede decirse que estamos motivados cuando «tenemos ganas» de hacer algo. Ahora bien, no hay que confundir estas «ganas» con caprichosos impulsos pasajeros -cuya energía motivadora suele desgastarse mucho antes de culminar el proceso-. Hay distintas clases de motivación como hay estilos diferentes de motivación. A grandes rasgos, suele distinguirse entre la motivación extrínseca y la intrínseca. La primera viene dada por el mero placer de la acción (como ocurre en el caso del juego) y parte de impulsos inherentes al propio individuo. La extrínseca, en cambio, apunta a recompensas externas a la acción (desde el aprobado en un examen, hasta la obtención de ganancias o el ascenso laboral o social).

Evidentemente, desde el punto de vista psicológico y de madurez personal es preferible fomentar las motivaciones internas que nos llevan a disfrutar con la actividad realizada y en apariencia es menos dependiente e 'interesada'. Pero eso no deslegitima totalmente la motivación extrínseca, que puede ser un poderoso estímulo en determinados casos.

Existen también distintos tipos de motivación según sean los valores sociales en los que se sustenta el impulso hacia la acción correspondiente; no es lo mismo actuar esperando la aprobación de los otros que hacerlo por sentirse capaces de algo. En este sentido, la psicología distingue entre motivaciones de poder, de afiliación y de logro. También hay diferencias basadas en la fuente (el «lugar de control») de los mensajes motivadores: la macromotivación sitúa las expectativas en influencias de la cultura, del grupo o del sistema de valores, mientras que la micromotivación atiende a factores más cercanos y personales. Y otras clasificaciones atienden a las fuerzas orientadoras del movimiento: son positivas las que parten de expectativas gratas y enriquecedoras, y se consideran negativas (pero no por ello ineficaces) las basadas en el castigo o la sanción.

La felicidad

Pero quizá la división más digna de ser considerada sea otra. Hay motivaciones que tienden al bienestar, al placer, a la satisfacción íntima y a la resolución de las necesidades básicas. Frente a ellas están las que se orientan a la creación, a la exploración de posibilidades, al avance y el crecimiento. Unas no excluyen las otras. De hecho, la felicidad suele consistir en la armoniosa combinación de ambas.

Los educadores y los directores de grupos humanos han de tener en cuenta todas estas formas de motivación. Es evidente que una buena motivación no basta para asegurar un comportamiento recto y eficaz y que sin el concurso del esfuerzo, de la voluntad y de la responsabilidad no es posible alcanzar muchas metas. Pero, cuanto más estimulado se sienta un individuo, mayor es la probabilidad de acercarse a ellas.



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