Mañana, si esta vez el tiempo no lo impide como en el supergigante, a María José Rienda le espera el slalom gigante, la prueba en la que toda la selección sueña con que toque metal. «El entrenamiento de hoy -por ayer- ha sido muy bueno en Bardonecchi. Hemos hecho cuatro bajadas en palos. Ha sido normal, ha estado bien», aseguró. Quiere poner un punto de tranquilidad ante las expectativas levantadas por sus últimos éxitos en pruebas de la Copa del Mundo. «Estoy bien. Y tranquila». Y tiene un pronóstico muy abierto: «Puede vencer cualquiera de las quince primeras del mundo. Ganará la que menos falle». Confía en ser ella. Como todos los que la rodean. «Para ganar no tendré que cometer ningún fallo», sentencia.
Aunque en esquí el estado de las pistas es siempre una incógnita, Rienda tiene memorizado el camino hacia las medallas: «La primera parte es un poquito de muro, luego viene un plano; luego hay dos muros importantes. Y después media pendiente hasta meta. Es una pista que tiene de todo y que va a exigir a la deportista sacar toda la técnica para hacerlo bien».
En cierto modo, las medallas dependen del destino. Como la carrera deportiva de Rienda. Todo comenzó casi de casualidad, cuando un buen día a su padre, Rafael, le ofrecieran un trabajo como portero en una finca en «la sierra». Aceptó, dejó Granada y se fue junto a su mujer, Rocío, y sus tres hijos, María José, Raquel y Dani.
Y allí siguen. Como siempre. Trabajando en el mismo sitio y sin tiempo para ir a ver a su hija cuando corre. «Las fechas de la Copa del Mundo siempre les vienen fatal porque están 'currando' y no pueden coger esos días de vacaciones». Casi mejor. Porque muchas veces, incluso estando en casa, Rafael y Rocío no pueden ver la carrera de su hija por televisión. «Se ponen tan tensos, tan nerviosos, que la graban. Después, si todo ha salido bien, la ven en vídeo. O se la retransmite mi hermano Dani, como el otro día en la Copa del Mundo. Mi padre estaba trabajando y Dani, sólo en casa, iba contándole todo a gritos por teléfono, histérico, mientras se movía sin parar de un lado para otro. Creo que fue una locura».
No es de extrañar. Porque sus padres, «que sólo se han puesto unos esquís una vez en su vida», han seguido y apoyado a su hija desde que empezó a esquiar con nueve años. «Siempre han estado a mi lado y me han dejado hacer lo que me gustaba. Ahora están muy emocionados». Y algo preocupados, como es natural. No en vano cada vez que María José tiene una prueba le piden «que no corra», que tenga cuidado, que «gane, pero tranquila». «Sí, es como el anuncio que había de Carlos Sainz con su madre -dice Rienda entre risas-. Es lógico porque cuando corres el supergigante se coge mucha velocidad. Pero yo les digo que no se preocupen, que yo me quiero mucho y no deseo que me pase nada».
Trabajar de sol a sol
Dieciséis años de esfuerzo. Este es el tiempo que lleva María José entrenándose, corriendo, para llegar hasta donde ha llegado. Una vida dura, muy dura, casi monacal, en la que pasa 220 días de cada año fuera de casa, en el extranjero. Se entrena de sol a sol. Desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche, cuando se mete en la cama. Normalmente lo hace donde son las competiciones para poder adaptarse lo mejor posible al estado de la nieve. Cuatro horas en las pistas, comida a las 12.30, dos horas de descanso, hora y media de gimnasio, el turno de la fisioterapeuta, supervisión del material con el técnico y visionado de vídeo para analizar todos los detalles del entrenamiento; a las 19.30 cena y a las 22.00, agotada, a la cama.
Demasiado duro, ¿no? «Pues sí, lo que pasa es que es la vida que yo he elegido; es muy dura, pero no la cambiaría por nada del mundo. He vivido situaciones maravillosas, he conocido otras culturas, he convivido con gente de todo tipo y he aprendido muchísimo. Tengo la enorme suerte de viajar con un equipo estupendo que me ayuda mucho y siempre me da mensajes positivos. No me dejan sentirme sola. Además de buenos profesionales son buenas personas».
Y Rienda sigue y no para. Con una naturalidad aplastante, con esa sonrisa que nunca pierde y te llega hasta dentro, pasa de un tema a otro mientras sobrevolamos el cielo que lleva de Granada a Madrid. «De pronto todo el mundo me conoce y la presión mediática es impresionante. Por un lado es normal porque son los Juegos Olímpicos y los resultados que he logrado en la Copa del Mundo (que es lo que realmente premia la continuidad del deportista durante todo el año) han creado unas expectativas. Si hay esta atención es porque realmente hay posibilidades. Luego no sé qué pasará. Te lo juegas todo en una carrera, pero yo intentaré hacerlo lo mejor posible». Seguro.
Casi desconocida
Y sigue hablando. Y cuenta que también le da pena. Que antes, cuando nadie la conocía, si salía en la televisión era porque se había caído en una carrera; en cambio, si «hacía un quinto puesto» nadie lo mencionaba. «Pero es que en España no hay ninguna cultura alpina. Además -piensa en alto- los deportes individuales sólo atraen cuando hay un número uno. En caso contrario no se siguen, no se ven».
Ella puede cambiar mañana ese anonimato del esquí alpino español. Llega el turno de la carrera en la que puede ganar una medalla olímpica. En la que cualquier detalle, de ésos que a simple vista el aficionado no es capaz de ver -«una mano fuera de la línea, un pie que se ha quedado atrás»-, es fundamental para llegar a la meta en el momento oportuno. Desde la salida, desde ese primer empujón. Mañana, en ese pequeño tramo, está invertida toda una vida dedicada a deslizarse sobre la nieve. La de Rienda.