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Jueves, 23 de febrero de 2006
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Aranguren
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OLMO En uno de los artículos que suelo publicar mensualmente en el periódico municipal 'Bilbao', se me ocurrió recordar una anécdota de aquellos carnavales de antes de la guerra, anécdota de la que fue protagonista involuntario un popular bilbaíno de buena posición apellidado Aranguren, que decidió salir perfectamente disfrazado a divertirse con sus amigos.

Los amigos le gastaron la broma de colocar en la espalda de su disfraz un cartel que decía: 'Ahí va Arengaren'; y, cuando la gente lo leía en voz alta, el bueno de Aranguren no comprendía cómo era posible que le conociese más gente cuando iba disfrazado que cuando paseaba sin el susodicho disfraz.

Una lectora llamada Mayte Garay, estudiosa y enamorada de la historia popular y tradicional de Bilbao y un doctor amigo mío, me han llamado o escrito para contarme la biografía del popular Aranguren. Lean, por ejemplo, lo que me escribe el doctor bilbaíno:

«El Aranguren que describes no puede ser otro que Fermín Aranguren, dueño de una cordelería en la plaza de Santiago. Este señor fue el padre de nuestro difunto amigo y 'chico del Insti' doctor Roque Aranguren Aguirrezabaltegui. Estudió conmigo todo el bachillerato en el Instituto Alfonso XII, que inauguramos en octubre de 1927; y, luego cursó la carrera de Medicina, también conmigo, en la Facultad de la Universidad de Salamanca».

Y sigo: «Fermio Aranguren, el cordelero, era el clásico bilbaíno de las Siete Calles. Vivía muy bien y su mujer, doña María Aguirrebalzategui, le llevaba, admirablemente, su negocio de la cordelería. Él era chiquitero habitual y chacolinero semanal. Su mujer era hermana de Damiana y Luciano Aguirrebalzategui, dueños del famoso restaurante donde había tres cuadros representando a unos aldeanos en tres situaciones distintas: 'Co-mais', 'Bebais', 'Pagueis'.»

«Roque Aranguren llegó a obtener el doctorado y la plaza de Ginecología y con Guillermo Gil Turner tuvo una clínica en la Alameda de Mazarredo (donde hoy se ubica el Hotel Miró)».

Y hasta aquí la carta de mi buen amigo, el doctor Enrique de Usobiaga. Espero que me perdone por citar su nombre y que no se enfade conmigo.



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