Estamos nerviosos. Siempre lo estamos, pero más desde que Zapatero decidió hacer público su convencimiento de que el principio del fin del terrorismo está próximo. Si quería restarle protagonismo al Estatuto catalán, lo consiguió. Ahora bien, también ha conseguido otra cosa: dárselo a ETA. Y algo peor: azuzar a los políticos. Porque los políticos hacen mucho ruido cuando se excitan. Tanto, que se asustan ellos mismos. No hay nada más deprimente que un político excitado pidiendo calma. Cuando digo que estamos nerviosos, no me refiero a la ciudadanía, ya saben que no. Me refiero a los políticos. Y a los medios. La ciudadanía está curada de espanto. Y en cierto modo, sabe que no le queda otro remedio que tener paciencia y confiar en el paso del tiempo. Lo indignante, sin embargo, es tener que soportar la arrogancia con que ETA (sea lo que sea eso ahora) alza el mentón y muestra su verdadera esencia mafiosa. En el último comunicado decían que «la paz estará basada en los derechos de Euskal Herria o no habrá paz». Una frase delicada. Cuando hablan de derechos se refieren naturalmente a la autodeterminación. Euskal Herria sería el 'Zazpiak bat', el sujeto político soñado. Y supongo que cuando dicen 'paz' quieren decir que dejarían definitivamente de emplear el crimen y la extorsión para recaudar dinero. Además de, como añadió Barrena, la excarcelación de todos los presos en dos años. Si eso tuviera que ser así, nunca habría tal paz. Zapatero dijo bien claro el miércoles que no negociará la autodeterminación. Y hablar de Navarra e Iparralde a estas alturas suena ya raro y distante. Pero eso, en realidad, lo sabe todo el mundo. Si hay expectativas reales de que el terrorismo acabe (y, al parecer, las hay: muchos y de primera fila han sido los políticos que se han dedicado a hacer esa publicidad y nadie podría entender que hubieran actuado con imprudencia cuando no hacen más que exigirse prudencia unos a otros), si hay expectativas, digo, es sencillamente porque nadie ignora que ETA está en las últimas. Que no está en condiciones de exigir demasiado. Y que hasta sus propios simpatizantes empiezan a estar hartos de ella. Ahora bien, de todas formas tiene que haber contactos. Tiene que haber diálogo. Y tendrá que haber una cierta negociación. Eso es inevitable. La magnitud del gesto que marque el final de ETA requerirá una escenificación con planteamiento, nudo y desenlace. No será fácil ni agradable, eso lo sabemos. Y sabemos también que tendrá que haber un precio. Llámenlo como quieran. No quizá un precio alto, pero sí algo. En esto, hasta las asociaciones de víctimas deberían mostrarse razonables. La beligerancia del PP en este asunto es más que deprimente.