Menos sinceridad y más educación es lo que necesita el mundo, dijo alguna mente preclara. Me da un poco de mal rollo escribir este artículo, es como de abuelete, pero si lo hago es porque cada vez me molesta más la falta de educación, que consigue que el mundo sea aún más inhóspito. Y por lo ofensivo que me resulta el alarde que se hace de esta carencia, la desvergüenza con que se muestra el orgullo de ser un zafio. Lo cual está en directa consonancia y armonía con la jactancia de la propia incultura, tan de moda, del alardear de no leer ni letreros. Por esta regla de tres, es posible que en breve lo que mole sea presumir de tonto. '¿Qué tonto soy, tío! ¿Qué guay!', 'Cómo me pone lo superchorra que es mi tronco'. Pensándolo bien, quizá ya se hace.
'Yo es que soy muy sincera, tía, y digo las cosas a la cara', decía una gilipollas en algún programa del submundo televisivo. Su sinceridad la legitimaba para realizar a continuación todo un ejercicio de insulto y descalificación de la 'tía' en cuestión, otro espécimen con resto en vez de cociente mental.
Uno necesita la sinceridad de su pareja -quizá incluso hasta esto sea discutible- y de sus amigos, únicamente. De los demás, lo que se precisa es su educación. Hay que transitar por este mundo superpoblado, rodeado por mucha gente a la que si fuera por voluntad, no verías ni en foto desde satélite. Y para poder hacerlo en condiciones soportables es imprescindible el civismo de la educación. La falta de la misma es clara expresión de desprecio por el prójimo, de esa también tan de moda apología del ser independiente e individualista, que es en realidad un esmerado cultivo del egoísmo y el abrirse paso entre los demás a codazos y empujones.
¿La gente es menos educada ahora que hace treinta años? No lo sé; probablemente sea igual de maleducada y suceda como con el número de tontos a lo largo de la historia, cuya proporción es más o menos constante. Lo que sí sucede con los ineducados actuales es que se les ve más, como a los tontos, y copan la televisión, por eso parecen más numerosos.
Tampoco parece que la falta de educación sea patrimonio de los jóvenes, me topo con mucha gente mayor tan maleducada como un imberbe litronero meaportales. Me contó mi amigo Aitor Mazo -ese buen actor- que oyó una discusión entre un viejo y un joven en la que el veterano le decía al novato: «Tienes muy poca educación, chaval.» A lo que éste respondió: «Usted sin embargo la tiene toda, sin usar».
Me irrita la poca gente que usa el por favor o el gracias: el que pide algo en un bar como si diera órdenes; el que te pregunta por una calle y después se va sin siquiera gruñir. Precisamente, en los bares, cuando están abarrotados, se hace un variado despliegue de mala educación: el que entra sin dejarte salir y literalmente te echa a un lado; el que mete el cochecito del niño dentro por cojones, aunque no quepa ya ni un bacalao sin desalar de canto; el que se hace sitio en la barra empujándote; el que mete la cabeza entre tu acompañante y tú -especialidad de los guiris-, para escudriñar de cerca un plato de pinchos; el que se pone detrás y grita al lado de tu oído para que le hagan caso en la barra...
En los vecindarios también se alcanzan buenas cotas de desprecio por el prójimo: la vecinita que deja al perrito pilonero todo el día encerrado en casa aunque sabe que el animalito llora y ladra todo el día y jode a los vecinos; el que baja las escaleras a las siete de la mañana como el caballo de Atila desbocado y luego deja que la puerta de hierro del portal se cierre sola y suene como un cañonazo... Qué sé yo, hay tantas expresiones de la mala educación: comer como un cerdo, escupir en la calle con uno de esos repugnantes y sonoros gargajos de dos tiempos que el que los suelta merecería expulsar los pulmones junto con la saliva, clavar las rodillas en el respaldo de la butaca del de delante en el cine... El listado de casos sería eterno, y todos lo conocemos.
Si como dice la máxima latina 'Ex angue leonem', por la uña se conoce al león, la mala educación identifica al patán.