Tragedias como la ocurrida en Basurto y que ha costado la vida a dos niños, a pesar de que los vecinos del barrio llevaban cinco años denunciando la peligrosidad de ese cruce de carreteras, dan mucho que pensar. Un escalón muy alto nos separa a los ciudadanos de a pie de los dirigentes políticos. A nosotros nos preocupan los semáforos que no se ponen y causan terribles tragedias, el paro, el terrorismo, el precio de la vivienda, la sanidad, la educación, y cosas así. Hemos crecido democráticamente y ya no nos contentan con discursos inflamados y huecos que no dicen nada. Sin embargo, mientras los ciudadanos intentamos gestionar nuestras vidas de la mejor manera posible (cosa nada fácil en los tiempos que corren), a los políticos se les escapan los días enredados en discusiones interminables, intentando meter el dedo en el ojo al contrario sólo para que no les quiten el sillón, porque, como decía el otro, hace mucho frío ahí fuera, que es donde estamos los demás. Y eso es una perversión. Resulta patético ver a unos y otros echándose la culpa de los errores y olvidándose de que, si les hemos votado, es para resolver problemas. Da la impresión de que nuestros dirigentes viven tan en su mundo, defienden tanto su empresa por ser suya, que se olvidan de los objetivos, que no se dan cuenta de que nos importan una mierda (con perdón) los empujones y las marrullerías que se dedican creando mal ambiente, de que estamos hasta las narices de politiquerías y de que queremos simplemente una dedicación responsable. Tragedias, terribles tragedias.