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Viernes, 24 de febrero de 2006
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Frivolidad
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Se puede fumar en la Pasarela Cibeles? Supongo que no. Fumar mata. Es ilegal. ¿Se puede embutir en un cuerpo de 1,80 y 52 kilos de peso una talla 36 e incluso en una 34? Pues sí. Se puede. Sólo faltaba que las medidas se impusieran por ley. Las pocas maniquíes que han osado hablar -la mayoría son mudas- así lo aseguran. Paquita Torres, ex modelo y madre de modelo, afirma que los patrones esqueléticos son en el presente una exigencia. En sus años dorados, declara, eso era impensable. En estos de ahora, a menos carne bajo la piel, más contratos se firman para desfilar. Si no das la 36, la cosa del trabajo en moda, en publicidad, en revistas, adelgaza fatalmente y no te llaman.

Hay que estar sílfide y pasar hambre sobre todas las cosas para poder hacerse un hueco y buscarse la vida en esa profesión, de la misma manera que todo quisque, gordo o flaco, trabaja para poder comer. Esta y otras denuncias han obligado a la organización de la muestra madrileña a desmentir que las jóvenes que desfilan pasen por el embudo milimétrico del taller y la estrechez de miras de los creadores con la tijera. Algunos modistas se sulfuran y dicen que con las críticas se está «frivolizando» el grave problema de la anorexia. Que el mundo de la moda no es culpable.

La culpabilidad vista de este modo desde la moda se antoja muy compleja. Inabarcable: factores educativos, alimentarios, la irresistible atracción mediática, el imán de los dictados de belleza, el consumo de masas, la egolatría perniciosa El dedo acusador no acierta entre un torbellino de causas que dan vueltas alrededor de la mínima cintura de las chicas que abren páginas en Internet para fraternizar en la anorexia. Por la Red se intercambian estratagemas para eludir la comida. Trampas, añagazas, claves de básculas, una resistencia numantina con un ordenador como plaza fortificada. Pulsando el ratón las muchachas que se mustian ante el espejo se dan ánimos, se aconsejan, se confabulan, se apoyan, se unen y protegen bajo el fatídico paraguas de su propio mal. Mientras esto pasa, sigue desfilando una colección de culpas que nadie firma, temporada tras temporada.



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