De pequeño, sus compañeros del Pitoberese le llamaban Telmito el miedoso porque era todo precaución. No metía la pierna ni a tiros y tenía un carácter asustadizo que parecía descartarle para las rudezas del fútbol profesional. Sin embargo, su ilusión por ser futbolista pudo con todo. Telmo, el hijo del jefe de estación de Asúa, vivía las 24 horas detrás del balón. Lo perseguía en las campas y en los sueños, cuando apagaba la luz de su cuarto y emulaba los requiebros, los pases y los goles de sus héroes de la infancia: Lafuente, Unamuno, Iraragorri, Bata, Chirri, Gorostiza...
-«Nosotros estábamos en la escuela de Erandio La Campa y a veces pasaban por allí los campeones. Andábamos locos detrás de ellos. ¿Me ha saludado Unamuno! ¿He visto a Gorostiza! Nos daban una envidia tremenda. Todos teníamos una ilusión enorme por jugar en el Athletic», recuerda.
El que más, sin duda, el propio Telmo Zarraonaindia. Al final, la vida premió su afán. En la temporada 1939-40, con apenas 18 años, saltó del Erandio al Athletic. Seguía siendo un jugador precavido y tampoco era un dechado de virtudes técnicas, pero había acabado por desarrollar un instinto misterioso, ése que lleva a algunos jugadores a convertir en una tarea fácil, casi rutinaria, lo más difícil del fútbol: meter goles.
Gracias a ese sexto sentido para predecir el destino de la jugada y llevar el balón a la red, Zarra acabó por convertirse en un mito. Durante quince años, fue el símbolo del gol. Su carrera es historia: seis veces máximo realizador de la Liga, deportista ejemplar por su caballerosidad, internacional indiscutible, autor del gol más famoso de la historia del fútbol español (Maracaná, 1950), conquistador de una Liga y cuatro Copas con el Athletic...
¯«Tuve mucha suerte. La mayor, encontrarme con unos grandes jugadores y unos grandes amigos al llegar al Athletic», comenta.
Olfato de gol
-De aquel equipo en el que usted jugó se recuerda, sobre todo, a la delantera...
-Pero el resto del equipo también era formidable. Lezama, Arqueta, Oceja, Fernández, Celaya, Bertol, Nando... Eran fantásticos. Se habla de la delantera, pero estábamos todos muy compenetrados.
-Hablemos de la delantera, jugador por jugador. Venancio.
-Tenía unas grandes facultades. Muy trabajador, con gran facilidad para chutar, un remate tremendo de cabeza...
-Iriondo.
-Era rapidísimo y centraba el balón que no veas. Le daba de maravilla con los dos pies. Rafa fue un jugador impresionante.
-Panizo.
-Era extraordinario. ¿Qué voy a decir de Panizo! Tenía una clase inmensa.
-Y queda Gainza.
-Otro jugador extraordinario. Gran velocidad, hacía unos regates maravillosos y tenía un toque de balón espléndido. La ponía donde quería.
-Usted era el goleador. Marcó 252 goles en 278 partidos con el Athletic.
-¿Tantos?
-¿Qué tiene que tener un goleador?
-A mí de chaval me gustaba regatear. Pero luego, ya de mayor, el balón me quemaba en los pies. Yo lo que tenía era facilidad para apoyarme en mis compañeros, con el pie y con la cabeza. Para hacer goles, eso sí, hay que tener una visión muy buena de la portería. Hay que saber seguir la jugada, estar al tanto...
-Eso que se llama olfato de gol.
-Exactamente. Y luego, claro, hay que saber rematar. Yo empalmaba bien. Siempre me compraba unas botas de un número más pequeño y luego me las iba modelando. Era para empalmar mejor. De todas formas, lo importante es que estaba muy compenetrado con mis compañeros. Teníamos nuestras señas para engañar al contrario. Hacía con la mano la señal de que me pasaran por arriba, a la cabeza, y eso significaba que me la dieran por abajo... En los freekicks, en los córners... Yo sabía si me la iban a tirar por alto, a media altura... Nuestro entendimiento era fabuloso, ya le digo.
-¿Los goleadores nacen o se hacen?
-Pues un poco de todo. Yo, desde luego, he entrenado mucho desde pequeño. Cuando vivía en Mungia me entrenaba con mis hermanos. Y estando en el Athletic, terminábamos de entrenar y nos quedábamos allí, a centrar y rematar. No parábamos. Nosotros éramos unos locos del fútbol.
La expulsión de Escartín
-Aparte de por ser un gran goleador, ha pasado usted a la historia por ser un caballero dentro de los terrenos de juego.
-Es que a mí nunca me gustó meterme en líos. Siempre he sido muy medroso. Yo iba con mucho cuidado. Pocas veces he entrado en desventaja al rival.
-A pesar de ello, le lesionaron varias veces...
-Pues sí. Me rompieron el muslo, los ligamentos, la clavícula, me abrieron la frente... Ya me dieron ya.
-Pero usted no respondía.
-No. Sólo me despacharon una vez, en una final. Me despachó Escartín. Me había entrado muy duro Alvaro y fue él quien se lesionó. Vino Gainza y me dijo: «Telmo, písale a ese la cabeza». Y yo, riéndome, hice el amago de que le pisaba. Y nos despachó a los dos.
-¿Cuál es su recuerdo más dulce como jugador?
-Muchos. No le sabría decir.
-¿Y el más amargo?
-Pues sería la retirada. Te cuesta mucho. Uno siempre piensa que puede seguir. De hecho, continué jugando en el Indautxu y en el Barakaldo. A mí lo que gustaba era jugar.
-¿Sigue viendo mucho fútbol?
-Sí, sí.
-El juego de ahora, sin embargo, es muy distinto al de su época.
-Hombre... Ahora se maneja mucho dinero. Mi primer sueldo fue de 50 duros con 4.000 pesetas de ficha. Luego me dieron 30.000 pesetas en cinco años. Y el último contrato fue de 825.000 por cinco años más un homenaje. ¿Fíjese ahora qué cantidades se manejan! Pero el fútbol me sigue gustando con locura, el de antes y el de ahora. Todos.