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Viernes, 24 de febrero de 2006
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ATHLETIC
Al cielo, de cabeza
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Quienes gozaron de la suerte de ver jugar a Zarra suscribirán aquella popular ocurrencia de Matías Prats que le definió como «la cabeza más importante de Europa después de la de Winston Churchill». Quienes tuvimos el privilegio de conocer personalmente a Telmo sabemos que, si en el futbolista destacaba la cabeza, las acciones de este gran hombre las presidía un enorme corazón.

En estos tiempos de zozobra, recordar la figura de Zarra es una suerte de aldabonazo para despertar en todos nosotros el orgullo de ser y sentirnos Athletic. Mi aita, que disfrutó durante años de su amistad, me inculcó el cariño por nuestro club a través de historias en las que el bueno de Telmo era, un día sí y otro también, protagonista destacado. Sus hazañas deportivas se quedaban cortas frente a una humanidad que desbordaba todos sus actos y abrumaba a quienes le conocieron. Ahora se reencontrará con viejos camaradas para rememorar historias, confidencias y 'susedidos' en el cielo rojiblanco.

En los campos de sueños, Zarra dejó su impronta de goleador de ley. Una estirpe en vías de extinción. Inmortalizado por sus legendarios testarazos, su verdadera especialidad era hacer feliz a la gente. Galeano decía que «el gol es el orgasmo del fútbol. La multitud delira y el estadio se olvida de que es de cemento y se desprende de la tierra y se va al aire». Eso hacía Zarra. Elevarse mágicamente como suspendido por unos hilos invisibles y llevar la alegría a una generación golpeada por una cruel postguerra. Repartía goles como caramelos. Era un rey mago del balón. Siempre estaba allí. Con sus remates. Con su arrojo. Con su eterna sonrisa. Con sus bonhomía.

Se nos ha ido Telmo Zarra, el hijo del jefe de estación. León de leones. Deja un hueco imposible de ocupar. Los libros de fútbol le recordarán por el celebrado gol al inglés Williams en Maracaná, por sus seis Pichichis, por sus cinco Copas, por sus récords. Si escarban un poco más en sus prodigios futboleros, destacarán detalles que marcan un estilo. Sus rivales en el campo serían sus más fieles biógrafos, los porteros a los que tantas veces batió eran los que más le respetaban. Casos como el guardameta del málaga Arnau, al que no batió con la puerta vacía porque habían chocado y se encontraba indefenso. O el del cancerbero del Atlético Montes, al que libró de una lesión a costa de su propia integridad física. No dudamos de que en esta hora de la despedida, Telmo no tendrá problemas para regatear al mismísimo San Pedro que le abrirá gustoso las puertas del cielo.Y allí entrará Telmo, decidido, con la frente alta y la sonrisa franca de un hombre noble. De cabeza, por supuesto. Y por la puerta grande.



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