La guerra civil, el peor de los fantasmas que acechaban sobre la posguerra iraquí, se hace realidad con las matanzas de las últimas 48 horas. Durante los tres años transcurridos desde la caída de Sadam Hussein, los chiíes han sufrido cíclicamente sangrientos atentados en sus mezquitas, en sus mercados y en sus fiestas, pero ninguno había levantado tanta indignación como el ataque contra el mausoleo del imán Alí al-Hadi, en Samarra.
Bastó que el gran ayatolá Alí al- Sistani, el hombre con una autoridad casi divina sobre dos de cada tres iraquíes (los chiíes), pidiera manifestaciones de protesta para que miles de personas salieran a las calles y se desencadenaran las represalias. La 'fitna', el enfrentamiento religioso, uno de los desastres más temidos en el islam, estaba servido.
Al-Sistani suele medir sus apariciones públicas y rara vez hace declaraciones, pero su convocatoria a expresar la indignación fue entendida como una incitación a la venganza, pese a que manifestó claramente que no debían atacarse los templos suníes.
Nunca los suníes habían sido el blanco específico de una violencia practicada hasta ahora de forma casi sistemática contra los chiíes por parte de grupos extremistas, como los de Abú Musab al-Zarqawi, que consideran a los chiíes como «herejes» del islam.
Es más, entre los grupos suníes había cierta comprensión, cuando no connivencia, hacia las actividades de los grupos insurgentes y, de hecho, los únicos interlocutores conocidos para llegar hasta los numerosos grupos de secuestradores que operan en Irak son los hombres de la comisión de ulemas, el máximo órgano de la comunidad minoritaria.
Los suníes, el 20% de los iraquíes, nunca han digerido la caída del régimen de Sadam, entre otras cosas porque dejaron de ocupar la posición preponderante que este grupo había tenido en toda la historia del Irak independiente. Por su parte, los chiíes se han hecho con las riendas de las nuevas instituciones, aguantando impertérritos los continuos atentados de los fundamentalistas.
Pero en los últimos meses se empezaron a producir fenómenos que expresaban el hartazgo. Cada vez con más frecuencia se repetían las denuncias contra comandos clandestinos de la Policía -cuerpo mayoritariamente integrado por chiíes- que se dedicaban a secuestrar a conocidos suníes, a los que remataban con un tiro en la cabeza.