Más de 120 cadáveres, la inmensa mayoría de suníes, aparecieron ayer en distintos puntos de Irak dentro de una peligrosa escalada de la violencia sectaria detonada por el ataque perpetrado el miércoles contra el mausoleo del imán Alí al-Hadi en Samarra, uno de los doce santuarios más sagrados para los chiíes de todo el mundo. Tras una 'noche de los cuchillos largos', el Gobierno de Bagdad se vio obligado a decretar el toque de queda en Bagdad y en la provincia de Salaheddin durante dos días, además de suspender los permisos de todos los policías y soldados ante la gran tensión que recorre todo el país. El toque de queda está establecido de las ocho de la tarde a seis de la mañana.
El miedo a un conflicto civil por la 'guerra de las mezquitas' es patente, después de que religiosos de una y otra comunidad se responsabilizan mutuamente por el deterioro de la situación. La Comisión de Ulemas suníes apunta su dedo acusador contra ciertas autoridades chiíes por haber convocado manifestaciones, en clara referencia a los llamamientos del ayatolá Alí al-Sistani a condenar el ataque de Samarra.
La situación es caótica. En las últimas horas se han producido un centenar de asesinatos a sangre fría, algunos de ellos en episodios escalofriantes, como el caso de los once reclusos de la cárcel de Basora sacados a la fuerza de sus celdas y acribillados sin piedad. Los secuestradores llegaron en doce vehículos, irrumpieron en la prisión tras un breve enfrentamiento con los guardias de seguridad y se llevaron a los reclusos. Fueron encontrados posteriormente en una carretera de la ciudad con disparos en diferentes partes del cuerpo.
Una matanza de no menor crueldad, pero sí mayor número de víctimas, tuvo como escenario la ciudad chií de Nahrawan, a unos veinte kilómetros al este de Bagdad, donde en la cuneta de una carretera fueron hallados cuarenta cuerpos de suníes. Al parecer, la masacre se se produjo cuando los tres autobuses en los que circulaban los trabajadores fueron detenidos en un puesto de control.
Periodistas asesinados
Los relatos de los testigos fueron escalofriantes. Según informó el oficial de policía Saad Abdel Rahmanque, Bagdad amaneció sembrada de cadáveres. A la morgue de la capital llegaron los cuerpos sin vida de unas ochenta personas, «el doble de lo que recibimos cotidianamente», según el doctor Kais Mohammed.
Entre las víctimas halladas ayer estaban asimismo una reportera y dos cámaras del canal de televisión saudí Al-Arabiya, secuestrados cerca de Samarra por un grupo de hombres armados cuando se disponían a cubrir la información sobre el ataque al mausoleo. La delegación de la televisión en Dubai, en los Emiratos Árabes Unidos, había perdido contacto con la enviada especial Atwar Bahjat, el ingeniero Adnan Khairullah y el cámara Khalid Mahmud en la noche del miércoles, aunque hacia la seis de mañana de ayer recibieron una filmación. Los tres informadores -todos suníes- fueron encontrados con impactos de bala y las manos atadas, al lado de su coche y sus cámaras de televisión.
Según uno de los cámaras que formaba parte del equipo de Bahjat y logró salir con vida, el ataque se produjo cuando los reporteros se disponían a volver a Dubai. Dos hombres armados asaltaron el vehículo del equipo gritando: «Queremos a la corresponsal». El testigo logró escapar, pero los asaltantes se llevaron a la periodista y sus dos ayudantes.