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Sábado, 25 de febrero de 2006
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DE CUANDO EN CUANDO
Zarra: 'El ariete'
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OLMO La desaparición de uno de mis ídolos futbolísticos, Telmo Zarraonaindia Zarra, ha traído a mi veterana memoria el recuerdo de las dos delanteras legendarias que ha tenido el Athletic en su larga y gloriosa historia. La primera fue la de aquel equipo de leyenda de antes de la guerra, aquellos cinco mosqueteros que, con sus compañeros de equipo, ganaban copas y ligas a pares. Aquellos cinco inolvidables jugadores: Lafuente, Iraragorri, Bata, Chirri y Gorostiza. Cinco insustituibles. Cinco internacionales.

Llegó la guerra civil, la posguerra, el Athletic tuvo que rehacerse y en esa renovación del equipo, surgió la se-gunda de-lantera le-gendaria del Athletic; otros cinco mosqueteros del fútbol bilbaíno y otros cinco internacionales: Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gainza. Un quinteto que hizo reverdecer viejos laureles ganando copas y ligas.

Zarra, fue el mas genuino representante de aquel puesto básico del delantero centro, a los que se conocía con el calificativo de «ariete». La vanguardia del ataque, la fuerza de choque que apoyado en su cuerpo de atleta y su inteligencia futbolística, jugando con los pies y con la cabeza, era la impetuosa vanguardia del equipo y la pesadilla de las defensas contrarias.

Zarra fue el protagonista de uno de los tres goles históricos del equipo nacional español: El primero fue el que Belauste marcó a Suecia en la Olimpiada de Amberes. El segundo el que Marcelino metió a los rusos en la final de la Copa de Europa (quedamos campeones). Y el tercero, el de Zarra a Inglaterra en Maracaná, en el campeonato del mundo.

Zarra mantiene a través de los años el récord de goles marcados en una Liga. Nadie lo ha igualado a pesar de que hoy la Liga tiene más partidos que en su tiempo. Es, sin duda ninguna, una marca para la historia.

Zarra es ya leyenda, pero yo siempre le recordaré, atacando con ímpetu e imponiendo su ley en el campo. Pero sobre todo recordaré su figura atacando con el balón en los pies, corriendo con las bocamangas sueltas ondeando al viento, como ondeaba el banderín del Séptimo de Caballería en sus increíbles cabalgadas. Es una estampa que ha quedado grabada en el mármol de mi recuerdo.



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