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Domingo, 26 de febrero de 2006
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ECONOMÍA
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Desarraigo o desempleo
Dos trabajadores de Virtisú y otros dos de Springs España confiesan el «desconcierto» y la «incertidumbre» que sufren por el inminente traslado de sus empresas fuera de Vizcaya
A LA ESPERA. Los cuatro trabajadores y la hija de uno de ellos dicen que su ánimo «empeora» a medida que se aproxima la fecha de traslado de sus factorías. / FOTOS: JORDI ALEMANY
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A veces basta una sola decisión para cambiar el rumbo a cientos de personas. Lo saben bien Miguel Ángel Solano, María del Carmen Rodríguez, Luis María Txabarri y Josu Urquijo, cuatro trabajadores que han forjado buena parte de sus vidas en torno a dos nombres: Virtisú y Springs España, la compañía propiedad de la multinacional americana Leggett & Platt (L&P). Por eso, cuando la dirección de estas dos empresas les anunció su inminente traslado fuera de Vizcaya, los primeros sentimientos que cruzaron sus cabezas fueron «desconcierto», «impotencia» y una sensación de «destrucción de todo lo hecho en el pasado». Fertiberia, la antigua Sefanitro, se encuentra en una situación similar ya que tiene previsto abandonar sus instalaciones en Barakaldo para reforzar las de Huelva y Asturias.

Virtisú, la papelera radicada en Zalla, celebrará mañana una reunión a cuatro bandas -Diputación, Gobierno vasco, empresa y sindicatos- que puede resultar decisiva para su futuro, precisan Luis María Txabarri y Josu Urquijo. Ambos están empleados en esta firma, que tiene intención de llevar parte de su producción -la denominada línea de 'converting'- a una planta en Barcelona. La fábrica de colchones, en cambio, ya ha pasado por todas las instancias de diálogo y ha tomado la decisión de trasladarse a Zaragoza y Jaén. El miércoles, Springs España cierra las puertas de sus instalaciones en Zamudio y trabajadores como María del Carmen Rodríguez y Miguel Ángel Solano se confiesan «en jaque».

Los cuatro empleados se han reunido en EL CORREO para narrar una historia de «cuentas regresivas, dudas y tensión». Durante más de dos horas han debatido acerca de cómo el traslado de ambas fábricas afectará sus vidas. Y, también, a las de sus familiares. María del Carmen llegó acompañada de Saioa, su hija de 21 años, que precisamente acaba de encontrar un empleo en Vizcaya. La joven se emociona cuando su madre aborda la hipótesis de un desplazamiento.

María del Carmen, Miguel Ángel, Luis y Josu saben que, si hacen las maletas y se van a las ciudades de destino, les espera el «desarraigo». Si se quedan, pierden el empleo. Entre ambas opciones, se cuelan la indecisión, los pensamientos y «un infierno de preguntas» que no siempre tienen respuesta.

-La primera. ¿Qué es lo que más les agobia?

-María del Carmen Rodríguez: Tengo 44 años y trabajo en L&P desde hace 30. Si me quedo aquí, ¿a dónde voy a trabajar con mi edad? ¿A qué puesto puedo presentarme? ¿Quién me coge? Y si me voy a Zaragoza, ¿qué me espera? ¿Llevo a mi familia conmigo o la dejo aquí? ¿Nos adaptaríamos? Mi sueldo es fundamental para mantener la casa. La decisión es complicada y te toma por sorpresa.

-Miguel Ángel Solano: Yo soy de los que piensan marcharse a Zaragoza si no se soluciona el tema. Pero lo tengo crudo. Mi mujer, no sé si de bromas o en serio, ya me dejó caer que 'te vas tú solo'. Y, la verdad, lo entiendo porque ella tiene aquí su puesto de trabajo desde hace ocho años. Si se fuera conmigo, perdería lo que ha logrado.

La impresión en los cuatro es común: el suelo ha cedido bajo sus pies. Incluso antes de tomar una decisión. Porque, para ellos, la incertidumbre es tan mala como la conclusión. «Un día dices que te vas y otro, que te quedas. Esa indeterminación es capaz de enloquecer a cualquiera porque, a medida que pasa el tiempo, se vuelve más intensa. Puedes pensar en marchar pero, si lo meditas con más calma, descubres que es imposible», confiesa María del Carmen.

Porque marchar significa «currar lejos. Mantienes el trabajo, pero con tu pareja vives dos días a la semana o menos. ¿Y qué haces con tus hijos? ¿Qué haces cuando te necesitan? ¿Cómo les cambias de colegio o de instituto a mitad del curso? Los chavales tienen sus amigos y sus vidas hechas aquí. ¿Cómo te los llevas?», se interroga Solano.

Habitaciones separadas

Preguntas. Más preguntas. «Y la cabeza que no para de pensar». A Josu Urquijo le sucede lo mismo que a todos, aunque su historia tiene un matiz: es padre de un niño pequeño y su mujer está embarazada. «Cuando me dieron la noticia en Virtisú, llamé enseguida a mi esposa y se lo conté. Ella no me contestaba. No decía nada. Al final, me preguntó si era una broma».

No lo era. La decisión de la papelera de trasladarse a Barcelona estaba sobre la mesa y a nadie le hizo gracia. Tampoco a Luis María Txabarri, cuya mujer también dará a luz en breve, dentro de tres semanas. «El promedio de edad en nuestra empresa es de 35 años. Todos nos encontramos en situaciones parecidas», subraya. Es decir, hijos pequeños, bodas recientes e hipotecas.

«Es lógico que así sea -reflexionan Josu y Luis María-. Una vez que te hacen fijo, después de varios años ganando una miseria, te pintas el futuro de otra manera. Te casas, compras un piso, te metes en una hipoteca y tienes críos. Pero, una vez que te sientes seguro, tu empresa se marcha y te deja en la calle». La alternativa que les ofrecen es irse con ella a Barcelona.

«¿Y qué haces allí, sin conocer a nadie ni hablar catalán?», interpela Josu. «En nuestro caso -apunta Luis María-, los hijos no vienen con un pan debajo del brazo, sino con una torta y un despido». Y, en el de Josu, casi ocurrió por partida doble, ya que a su esposa «la querían echar de su curro por quedarse embarazada», asegura.

-¿Cómo ha repercutido la decisión de las empresas en sus relaciones familiares?

-Luis María Txabarri: En casa, mi mujer está en una habitación y yo en la otra. Eso es culpa de mi cara de mala uva; y no es lo que yo quiero, pero no lo puedo evitar. Tengo aquí a toda mi familia, mis raíces, mis amigos ¿Qué voy a hacer en otra parte?

-Josu Urquijo: Estás fuera de casa más tiempo. Llegas cansado. Hablas siempre de lo mismo, de la reunión de ayer o de la manifestación de mañana. Estás todo el día pendiente del teléfono y del comité, que, ha estado en huelga de hambre.

-María del Carmen Rodríguez: Es tanto lo que pasa por tu cabeza que no se puede explicar. Te preguntas: '¿Qué puedo hacer?'. Pero no puedes hacer nada, y eso te llena de impotencia.

-Miguel Ángel Solano: Y también de rabia, decepción y tristeza. Las alegrías te duran poco. Las sonrisas son más cortas. Mi mujer me dice que no la escucho y tiene razón. No me entero de nada, ni siquiera de cómo va el Athletic. Siempre te viene 'eso' a la mente; es decir: qué será de ti y de tu familia. Piensas si la empresa cambiará de actitud. Vives a la espera de que planteen una solución. No perdemos la esperanza.

Pero ésta sí disminuye. La fecha establecida para el cierre de Springs España en Zamudio vence dentro de tres días y el ánimo de sus 52 empleados «empeora según pasa el tiempo». Tenían claro que sería así y hasta lo habían previsto: «Siempre decíamos que el mes de febrero iba a ser muy duro, porque era el último, aunque jamás imaginamos que lo sería tanto», reconoce Miguel Ángel.

A esto se le suma una familia que suplica: «No te vayas». Una esposa que lamenta: «No me escuchas». Varios compañeros de baja «por cuadros de depresión y ansiedad». Una pareja que reclama: «Ya no salimos». Y unos hijos que «lloran en silencio mientras te dicen 'no pasa nada'».

La vuelta a casa se transforma en «comer una naranja, darte una ducha e ir al ordenador para ver si haces algo», explica Solano. Salir con un amigo significa que «te pregunte cómo van las cosas». «Siempre tienes encima la idea de perder el trabajo. En definitiva, dejas de ser tú mismo porque no ves la salida por ningún lado», matiza María del Carmen, que no descansa ni durmiendo. «Lo haces a fuerza de pastillas y apenas por unas horas».

El recorte del sueño también alcanza al bolsillo. «Al hacer la compra, ya empiezas a limitarte porque no sabes qué sucederá el mes próximo. Cuando pasan delante de Virtisú, las personas suelen decir: '¿Qué olor a papelera!'. A mí me huele a jamón, porque me da de comer», enfatiza Urquijo. Pero también el olfato «engaña».



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