El carnaval de hace cien años fue soso. Y no porque le faltase animación, algo que en el Bilbao de entonces sobraba, sino por el bajo número de máscaras que participaron en el mismo. Para algunos, semejante pobreza carnavalesca se debía a las pocas ganas que la gente tenía de celebraciones. En cambio, la mayoría opinaba que la ausencia de máscaras tenía su razón en el impuesto sobre las mismas establecido por el Ayuntamiento. Recurso este -inteligente sin duda alguna-, que, al finalizar las celebraciones, dio como resultado una cantidad nada despreciable: 1.436 pesetas. Los encargados de cobrar el susodicho fueron una veintena de celadores y varios guardias municipales. Aún así, en aquel Bilbao se mantenían costumbres propias y a la vez curiosas que concitaban una gran participación. Así ocurrió con la conocidísima batalla de perfumadores. El único problema de aquella clase de reuniones festivas era que, como ya era habitual, unas cuantas personas «convirtieron en abuso lo que era agradable y en vez de perfumar daban verdaderos baños sirviéndose de aparatos con tubos de goma de ancha boca». Como se afirmaba en la prensa de entonces ese era, precisamente, «el modo de que acabe la moda de los perfumadores».
Infelices madres
Desgraciadamente todo aquello no fue más que una anécdota sin mayor trascendencia porque, el mismo día que acababa el carnaval, el martes 27 de febrero, un trágico accidente vino a empañar el espíritu festivo y a consternar a la opinión pública de Bilbao y de todos los pueblos de la ría. A las siete y media de la tarde, diecisiete personas, en su mayoría jóvenes que habían pasado la fiesta de carnaval en el Desierto-Baracaldo, se embarcaron en un bote para pasar a Erandio. De lo poco que se supo, en exclusiva por los supervivientes, se recogió que a mitad de camino el barco comenzó a hundirse y que sólamente siete pasajeros pudieron llegar a nado hasta la orilla. Tan pronto como se tuvo noticia del accidente, muchos de los botes que hacían el mismo recorrido, se acercaron al lugar para confirmar, por desgracia, que no había el más mínimo rastro de los diez pasajeros restantes y el botero. Puede imaginarse cómo cayó la noticia en Baracaldo y Erandio, los dos municipios afectados. Sobre todo «en este último pueblo principalmente, porque casi todos los ahogados eran vecinos de él y se vio el doloroso espectáculo de infelices madres llorando a gritos desde el muelle la desgracia de sus hijos».
Pese al impacto emocional, lo cierto fue que este accidente no cogió de sorpresa a nadie. Es más, tal y como se recordaba, ya desde hacía mucho tiempo se temía por algo de estas características «porque en numerosos botes que constantemente atraviesan la ría en aquel punto se habían olvidado toda clase de precauciones y cargaban en ellos más pasajeros de los debidos, a pesar de las órdenes dadas por la autoridad de marina». De hecho, hubo seis personas que, aquel aciago día, se negaron a embarcar alegando que era una auténtica temeridad. Afortunadamente para sus vidas hicieron lo correcto.
El espíritu de consternación no se concentró en exclusiva en los pueblos implicados. En Bilbao, la opinión pública se sintió muy afligida por lo sucedido. El propio gobernador civil, señor Echanove, acudió a Erandio para dar en persona el pésame a las familias afectadas. Pero, sin duda alguna, una de las labores más importantes que hubo de hacerse de inmediato fue la de recuperar los cuerpos. El equipo de rescate lo formaron tres buzos, voluntarios desinteresados, y siete boteros con sus lanchas armadas con grampones. Lo que relataron tras la primera jornada, en la que se rescataron cuatro de los siete cadáveres perdidos, fue escalofriante. Según se pudo saber, casi «todos los ahogados aparecieron en actitud de nadar, a excepción del de Isidra, que apareció cruzada de brazos». Pueden suponerse las escenas de dolor ante la conducción de los cadáveres al cementerio de Erandio. No obstante, pese a la consternación, el dolor y la desgana propia de estos hechos, nada retrasó los gestos de solidaridad. Más bien al contrario. Ya el segundo día se planteó la idea de iniciar una suscripción pública entre los pueblos de ambas márgenes de la ría para ayudar a las familias afectadas.
Además de la labores de rescate, el bote siniestrado, de nombre 'San Blas', fue detenidamente examinado por dos peritos para determinar las causas del hundimiento. En su informe se confirmaban las sospechas y se daba base a los avisos. Es decir, ambos especialistas certificaron que la embarcación se encontraba en perfecto estado para prestar servicio, «y que su naufragio se debió a que era excesivo el número de personas que embarcaron sobre él, las cuales, además, no debieron ir con la prudencia que el caso aconsejaba». Por desgracia, no sólo era tarde para dar consejos, sino que con semejantes conclusiones se aumentaba más el dolor por lo sucedido.
Totalmente gratis
Los funerales fueron, como cabía esperar, multitudinarios. Se puso un tren especial desde Bilbao a Erandio y la Compañía del Tranvía eléctrico dispuso de dos coches, totalmente gratis, para todas las personas que quisieran acudir a la celebración. Por su parte, los boteros que hacían el pasaje entre Erandio y Baracaldo anunciaron que, durante la ceremonia, harían el servicio también gratis. De lo que fueron los funerales no hubo palabras suficientes para trasladar el dolor y la solidaridad que se destiló aquella tarde del 6 de marzo de hace un siglo. La iglesia se llenó por completo y miles de personas se quedaron sin poder entrar. Junto a aquel acompañamiento físico, importante sin duda, estuvieron también las donaciones constantes que bien de particulares, empresas o asociaciones culturales, se ofrecieron a los damnificados. Era una manera de mantenerlos en el recuerdo el mayor tiempo posible. Un gesto noble que dejaba clara una cosa: el enorme espíritu de solidaridad de hace cien años.