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Lunes, 27 de febrero de 2006
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CULTURA
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Melancolía de los reformistas
Un estudio sobre políticos progresistas españoles del XIX y el XX muestra las dificultades a las que tuvieron que hacer frente y su desdichado destino
Manuel AzañaFDatos: Nació en Madrid en 1880 y murió en Montauban (Francia) en 1940. Fue ministro de Guerra, diputado, luego presidente del Gobierno y más tarde presidente de la República. FTrayectoria: Fue encarcelado por la falsa acusación de estar implicado en los sucesos de Asturias en 1934. Ensayista y autor teatral.
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Ser político y reformista en España significa tener muchas probabilidades de acabar abrumado por la melancolía. La historia de los dos últimos siglos demuestra que una buena parte de quienes se han atrevido con el gran reto de la modernización del país han terminado mal: olvidados en el mejor de los casos, exiliados en no pocas ocasiones, asesinados otras. Un libro que recoge las biografías de once políticos relevantes desde las Cortes de Cádiz hasta la Guerra Civil ('Reformistas', dirigido por Javier Moreno, Ed. Taurus) resulta el mejor compendio de las dificultades que históricamente han tenido que salvar quienes han intentado democratizar y colocar al país a la altura de las potencias europeas.

Todos los elegidos (Flórez Estrada, Joaquín López, Sagasta, Salmerón, Canalejas, Santiago Alba, Melquíades Álvarez, Azaña, Victoria Kent, Fernando de los Ríos y Negrín) tuvieron al menos una oportunidad de poner en práctica sus planes reformistas. «No son políticos de mera coyuntura», explica Javier Moreno, quien coordinó el trabajo de otros diez investigadores, encargados cada uno de ellos de una de las biografías. «Todos habían reflexionado con anterioridad sobre lo que necesitaba el país. Intentamos reunir a representantes de todas las corrientes que formaron el progresismo, que iban desde los liberales monárquicos a los socialistas». Todos estaban preocupados por la reforma política y social de España y se oponían por igual tanto a los conservadores recalcitrantes que trataban de frenar cualquier avance como a los revolucionarios que sólo pretendían la disolución del Estado.

En muchos casos, estos personajes, que compartían una visión elitista de la política, vivieron la decepción de contemplar cómo las masas dejaban de lado sus programas reformistas y se sumaban entusiasmadas a propuestas radicales, antidemocráticas o simplemente inviables. Moreno comenta que en las vidas de todos ellos hay muchos azares debidos a la inestabilidad de la política española, cuyo mejor ejemplo es la inacabable lista de gobiernos de muy escasa duración en el último tercio del siglo XIX y el primero del XX. Un repaso a sus trayectorias revela que efectivamente varios conocieron la hiel del exilio (Flórez Estrada, Salmerón, Alba, Kent, Ríos, Negrín, Azaña) y que casi todos ellos contemplaron atónitos cuando no atemorizados las movilizaciones populares encabezadas por líderes mucho menos preparados y frecuentemente con ideas de singular simpleza. Canalejas, uno de los políticos más inteligentes y pragmáticos y con una visión muy nítida sobre cómo reforzar un Estado históricamente débil, murió por los disparos de un anarquista, mientras contemplaba el escaparate de una librería en la Puerta del Sol.

Cultos y perplejos

Flórez Estrada fue el autor de un modélico tratado sobre la libertad de imprenta; Fernando de los Ríos, un intelectual de prestigio internacional y promotor de los mayores proyectos de reforma de la República; Azaña, un reconocido ensayista y autor teatral; Victoria Kent, la primera abogada que intervino en un consejo de guerra; Juan Negrín hablaba seis idiomas y era doctor en Medicina a los 20 años. Varios de los biografiados ejercieron el periodismo, crearon bufetes de éxito o dejaron a su paso una estela de admiración, como Nicolás Salmerón, que dimitió como presidente del Ejecutivo de la República para no firmar unas penas de muerte.

Sin embargo, en los momentos cruciales de la Historia, estos políticos tan cultos y preparados fueron víctimas del desgarro o el desconcierto. Es lo que sucedió a quienes estaban en plena actividad al estallar la Guerra Civil. Los reformistas se alinearon con la República, aunque los hubo como Melquíades Álvarez que después de una larga evolución se había situado más a la derecha, por lo que fue detenido y encarcelado por los milicianos, y murió en prisión para desánimo de gentes como Azaña.

Estaban en el lado de la legalidad, pero no tuvieron más opción que buscar el apoyo de los anarquistas, que querían terminar con el Estado que ellos pretendían reformar, o los comunistas, cuyas vinculaciones con la URSS hacían posible la llegada de recursos y material bélico, pero cuya fe democrática era bastante dudosa. Además, en ese momento, eran muchos los ensayistas que pensaban que Europa se debatía entre el totalitarismo de derechas y el de izquierdas, y el liberalismo, encarnado por Francia y el Reino Unido, países que los reformistas españoles habían tomado tradicionalmente como modelo, parecía condenado a la desaparición.

Luego llegó la guerra y tras ella el franquismo. Un paréntesis demasiado largo para mantener la tradición reformista que tenía sus raíces en los promotores de la Constitución de Cádiz, con Flórez Estrada a la cabeza. «Por eso -dice Moreno-, cuando se articula la oposición en los últimos años del franquismo, se buscan los modelos fuera de España. Y en la Transición, los partidos se crean con el apoyo de la Internacional Socialista, la Liberal y la Democracia Cristiana. Aquí se había dado un fenómeno de ruptura equiparable sólo al de Portugal, el único país de Europa occidental que había vivido un período de dictadura tan largo como el de España».



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