Hace cinco o seis años, siendo yo jugador de Girona, recuerdo una vaga conversación sobre un 'ruso' que vivía en Palamós. El equipo de baloncesto atravesaba por problemas económicos y se habló de este personaje como posible mecenas. De su capacidad en un equipo por entonces de Segunda B. Capacidad económica, por supuesto. Incluso un conocido suyo nos puso en canción. «Este tío al final se hará con algún equipo importante». Acertó. Su ascensión ha sido meteórica. El lunes en un programa de televisión nacional acabó llamando tonto y payaso a un periodista.
En el camino, su aterrizaje en Santander con sus posteriores consecuencias. Su compra del 51% de las acciones del Alavés (que nadie olvide eso), un desnudo en 'Interviú', insultos y degradaciones a aficionados, prensa, entrenadores, jugadores... Desde que aterrizó en el mundo del deporte abogó por un nuevo concepto. Hay que reconocer que está siendo innovador.
Decía Juanito Oiarzabal en su columna que igual ya era tarde para pararle los pies. ¿Qué más le da? Él continúa su camino. El suyo. Me imagino que instituciones, socios, todos los que sentimos algo por el Alavés intentaremos hacer algo por reconducir este absurdo.
Mientras tanto el inteligente ucraniano (al final no era ruso) seguirá acaparando protagonismo en radios, televisiones, medios de comunicación y será objeto constante de comentarios en todas las tertulias. ¿Acaso no es lo único que pretendía cuando cogió el Palamós? Por ahora el partido lo gana él por goleada.