Pitó Daudén Ibáñez el final y Orbaiz, que segundos antes acababa de fallar un penalti que hubiera supuesto la victoria, se hincó de rodillas, frustrado y abatido, a lamentar su infortunio y el empate. Esta imagen triste del valiente postrado resume por sí sola el partido; una larga batalla que el Athletic no supo resolver a su favor. Se trataba de lograr un segundo triunfo consecutivo que aliviara las penas y sirviera de homenaje póstumo a Telmo Zarra, cuyo recuerdo presidió el encuentro, pero no pudo ser. Al equipo de Clemente, que bregó hasta el último aliento, le abandonó la suerte en los instantes decisivos. La había tenido con anterioridad -y en cantidades industriales-, en tres llegadas clarísimas que Forlán desperdició de un modo incomprensible para un Bota de Oro, pero se quedó sin ella en la recta final, cuando más la necesitaba; en realidad, cuando más méritos estaba haciendo para disfrutarla.
Porque lo cierto es que los rojiblancos, tras una pobre primera mitad que vino a ser un retrato de sus carencias, completaron una segunda parte digna. Hablamos no de la dignidad de la excelencia sino de la de quien persevera en el esfuerzo, del que se agota en la búsqueda de un objetivo superando con su afán todos los imponderables. Que en este caso son muchos. Y es que el fútbol del Athletic sigue siendo el de un bloque plano, impreciso y con ese punto de atormentado que da la mala vida en la zona innoble de la tabla. Le faltan ideas, ese mínimo de lucidez que se precisa para ganar a rivales como el Villarreal, un buen equipo que ayer sólo aguantó un tiempo a su nivel. En el segundo acusó el esfuerzo de Glasgow y se dedicó a mantener la compostura, bien pertrechado atrás. De hecho, tras el descanso, los levantinos sólo aparecieron por la portería de Lafuente en el minuto 54, cuando Forlán desperdició el que ya era su cuarto mano a mano con Lafuente.
Dos velocidades
La impericia del gran delantero uruguayo, que esta temporada tiene el punto de mira de una escopeta de feria, dejó con vida en la primera parte a un Athletic plomizo. La diferencia entre los dos equipos se apreció, desde el principio, en la velocidad de sus acciones de ataque. El Villarreal profundizaba en tres toques, con esa sensación de simplicidad que transmite el fútbol bien jugado. Con los rojiblancos sucedía justo lo contrario. Era el suyo un trasiego voluntarioso y espeso, un fútbol lento, de galeotes remando a contracorriente. Sus únicas acciones de peligro llegaron cuando a alguno de sus jugadores se le encendió de improviso la lucecita. Es lo que ocurrió a la media hora en un par de pases interiores de Iraola y luego en otro de Yeste, que supuso el 1-0, obra de Aduriz en el minuto 41.
Quizás porque esa ventaja de los rojiblancos en el marcador no era merecida o tal vez porque la alegría dura poco en la casa del pobre, el empate del Villarreal llegó tres minutos después en uno de esos errores que ya son una seña de identidad de la defensa bilbaína, abonada a una inconsistencia que no deja de provocar estragos. Esta vez fue Murillo, cuya blandura resulta tan irritante como incomprensible -que saliera despedido en un choque con José Mari disputándole un balón que el sevillano protegía lo dice todo-, el que no supo medir la distancia y dejó a Forlán solo delante de Lafuente, al que batió por bajo. Era el minuto 44.
Dominio rojiblanco
El Athletic salió arreando en la segunda parte. Se trataba de algo previsible: la típica descarga de energía de este equipo cuando está en aprietos delante de su afición. En estas situaciones, siempre queda la duda de cómo responderá el rival: si soportará el abordaje o preferirá plegar velas y protegerse. El Villarreal decidió esto último y su falta de ambición, probablemente causada por una carencia de oxígeno, a punto estuvo de costarle el partido. Encogidos Senna, Tachinardi y el bravo Sorín, que en la primera parte jugaron a placer, siempre con criterio, la tropa de Pellegrini se quedó en su campo y ya apenas se estiró.
El dominio local se fue haciendo incontestable a medida que los rojiblancos subían de revoluciones. Aún así, el gol no se veía llegar. Urzaiz saltaba a todos los balones, Iraola y Etxeberria lo intentaban por la derecha, Yeste picoteaba por la media punta y Aduriz se fajaba por todas partes. El empuje de Orbaiz y Gurpegui no tenía tregua. Y, sin embargo, las ocasiones no llegaban. Ni siquiera en las jugadas a balón parado, impecablemente defendidas por la defensa del Villarreal, que no dio opción en todo el partido.
Como tantas otras veces, el Athletic quería y no podía. Sus jugadas de ataque siempre terminaban en un cortocircuito. En esos casos, el desestimiento suele ser algo habitual en la mayoría de los equipos. Uno acaba bajando los brazos y rindiéndose, cansado de tanto sudor inútil. No es el caso del Athletic, que perseveró con una tenacidad enternecedora y a punto estuvo de lograr el premio de la victoria. La tuvo en sus botas un Aduriz incansable en el minuto 90 y, sobre todo, Orbaiz en un penalti que falló porque tuvo el valor de lanzarlo. En fin, que una vez más no pudo ser y que las angustias continúan. Seguro que Zarra lo lamentó allá arriba.