Era una tarde fría y lluviosa en Bilbao, pero el balón quemaba. Pasaban tres minutos del tiempo reglamentario. Un penalti por mano de Peña podía dar al Athletic esa victoria tan necesaria para tomar una nueva bocanada de aire fresco en su comprometida situación. Ningún jugador rojiblanco quería tomar la sofocante responsabilidad de lanzar esa pena máxima. Nadie. Excepto él: Pablo Orbaiz.
Siempre el navarro. En los momentos límite, cuando lo más fácil sería escurrir el bulto, el mediocentro rojiblanco surge. Como ayer. Con determinación, el internacional cogió el esférico, se plantó en el punto de penalti y esperó a que el remolino de jugadores del Villarreal dejasen de acosar con sus protestas a Daudén Ibáñez. Chutó y erró. Viera, el portero uruguayo que se dejó su habitual gorra en la caseta, lo detuvo. Adiós a los tres puntos.
Pero no se escondió. Orbaiz no conoce el significado de ese verbo. Es un hombre frío, responsable, calculador. Ayer, hundido tras fallar la pena máxima, tampoco lo hizo. «Lo siento mucho por la gente y por mis compañeros, que lo están dando todo», se resignó el navarro después del encuentro.
Así es él. Lejos de ocultarse, su máxima preocupación era el estado de ánimo de sus socios sobre el terreno de juego y de la fiel hinchada rojiblanca. «Lo siento mucho», repetía una y otra vez cuando se le cuestionaba por su estado de ánimo.
Ascenso de Osasuna
Pero, como dice el refrán, sólo fallan los penaltis los que se atreven a tirarlos. Y ése es el navarro. Ya dio una buena muestra de su sangre fría hace casi un mes. Entonces, Yeste se desvaneció en el área del Getafe. Rápido, el fino basauritarra se levantó y le buscó. «¿Tíralo tú!», le gritó a Orbaiz. Le hizo caso. Y el Athletic se imponía a los madrileños gracias al tanto del mediocentro.
Ayer, no pudo ser. El portero rival fue más astuto a pesar de la confianza que tenía Orbaiz en sus posibilidades. «Si os digo la verdad, estaba seguro de que lo iba marcar. Estaba muy tranquilo y creía que iba a meter ese penalti», razonó el centrocampista navarro, que vive una peculiar historia con este lance del juego desde que comenzó su carrera futbolística en Osasuna.
En el conjunto rojillo era el encargado de tirar las penas máximas. En la última jornada de Liga, los navarros se jugaban el ascenso a la máxima categoría en el antiguo Sadar. Sólo les valía ganar ante el Recreativo. Con un empate en el marcador, el colegiado señaló un penalti a favor de los locales. Todos los jugadores miraban para otro lado. Él no. Con apenas 20 años, tomó las riendas y devolvió a los rojillos a Primera. Siempre con carácter.
Ayer, sin embargo, no estuvo certero para dar el triunfo al Athletic. Nada más fallar, Iraola le abrazó para animarle. Cuando acabó el partido, todos trataron de consolarle. Él tenía otra cosa en mente: «Lo siento por la gente y por mis compañeros».