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Lunes, 27 de febrero de 2006
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VIZCAYA
VIZCAYA
Una guerra contra el bacilo de Koch de más de cien años
El dispensario de Ledo, abierto en 1915, se mantuvo como único centro especializado en esta infección
Prueba de tuberculosis.
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En 1915, con Europa enzarzada en la Gran Guerra, la sociedad vizcaína libraba su propia batalla contra un enemigo diminuto pero letal: el 'mycobacterium tuberculosis', más conocido como bacilo de Koch. La enfermedad provocaba en aquella época el 13,5% de las muertes en el territorio, sobre un caldo de cultivo de pobreza, hacinamiento y escasa higiene que la volvía invencible. En esas circunstancias se inauguró, el 17 de mayo, el Dispensario Antituberculoso del doctor Francisco Ledo, que se mantuvo muchos años como único centro especializado en esta infección.

La prensa recogía así el meollo de los discursos de aquel día: «Háblanos también el orador de la mortalidad que ocasiona el terrible mal de la tuberculosis. Grande, muy grande es, pues asciende a una aterradora cifra de millones. España está azotada grandemente, ferozmente por el mal exterminador. Pero Vizcaya, nuestra provincia, es de las que sufren el castigo con mayor rigor». El bacilo se había convertido en una obsesión médica y humanitaria, en tiempos de bienintencionada caridad, hasta el punto de que dos días después se celebró en Bilbao la Fiesta de la Flor: «Grupos de hermosas y bellas muchachas abordaron a los transeúntes, demandándoles dulcemente, tenazmente, un donativo para aliviar la existencia de los enfermos, de los tristes, de los que han menester de amor y de caridad, víctimas de ese monstruo llamado tuberculosis», relataba un cronista. Esos mismos días, E. Verus publicaba en 'El Pueblo Vasco' un artículo pionero contra el tabaco, «tirano de la voluntad».

Instituto de Higiene

Quince años después, las cosas no habían cambiado mucho. La memoria del Instituto Provincial de Higiene de Vizcaya del año 1930 deploraba la situación: «Este año, como todos, la tuberculosis sigue batiendo el récord de las enfermedades infecciosas (...). Aquí, donde no se conoce el tifus exantemático, la viruela, el paludismo, el tracoma ni la lepra, nuestros resúmenes totales por enfermedades infecciosas serían de un optimismo verdaderamente halagüeño si viéramos disminuir a la mitad la fiebre tifoidea y, otro tanto, la tuberculosis», lamentaban los especialistas.

La epidemióloga Carmen Castells todavía se asombra al leer el documento: «Tenían una tasa más de diez veces mayor que la nuestra y la calculaban a partir de los muertos, haciendo la estimación de que... ¿se morían todos!».



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