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Martes, 28 de febrero de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Dichos y hechos de Hamás
En Oriente Medio y Próximo, donde Occidente pone democracia, los electores ponen islamismo. Esta parece ser la maldición que persigue a los esfuerzos democratizadores de la Administración Bush en la región. En Líbano, el terremoto político provocado por el asesinato de Rafik Hariri dio a Hezbolá 23 diputados en una Cámara de 128 y tres ministros en el Gobierno de unidad nacional establecido en julio de 2005. En Afganistán, el reino medieval de los talibanes ha dado paso al gobierno de narcotraficantes, señores de la guerra y fundamentalistas islámicos. En Irak, los dedos manchados de tinta han puesto el poder en manos de las milicias del clérigo radical Muqtada al-Sader. Incluso en Egipto, la organización madre del islamismo político, los Hermanos Musulmanes, logró sorprendentes resultados electorales a pesar de ser un grupo ilegal, y controla ahora más del 20% del nuevo Parlamento egipcio. Y ahora, Palestina. ¿Quién dijo democracia liberal en Oriente Medio y Próximo?

El miedo como respuesta es más fruto de la ideología del 'peligro islamista' que han traído el fin de la Guerra Fría y el 11 de Septiembre que de un análisis certero de lo que está ocurriendo. Más preocupante que los buenos resultados electorales de Hezbollá o Hamás es que saquemos las conclusiones equivocadas. El éxito electoral del lema 'El Islam es la solución' no implica la derrota de la alternativa democrática en Oriente Medio y Próximo. Al contrario, su triunfo es la manifestación más inquietante de una serie de importantes corrimientos de tierra que se están produciendo en sociedades en las que antaño nada se movía. Algo está cambiando en la región, algo que ni nuestros sueños ni nuestras pesadillas pueden dictar, ni siquiera explicar.

El caso palestino es paradigmático. El embrión de Estado palestino era un ejemplo poco común en Oriente Próximo de sociedad laica con una democracia electoral sorprendentemente dinámica y libre, ocupación israelí mediante. Entonces, ¿por qué Hamás? El contenido de la carta fundacional de Hamás es inequívoco: destrucción de Israel y progresiva islamización de la sociedad palestina como objetivo. ¿Es éste el programa que han votado los palestinos? Claramente, no. La victoria de Hamas no supone el triunfo de sus valores más íntimos. El fenómeno actual no responde a una conversión en masa del electorado árabe al islamismo militante, sino a las limitadas opciones que ofrece la vida en condiciones de pobreza, de ocupación extranjera o de represión política.

La gestación de Hamás como movimiento de masas tiene mucho que ver con la Guerra Fría. Tras la victoria del Likud en 1977, el nuevo Gobierno israelí de Menahem Begin decidió apoyar a las organizaciones islamistas para contrarrestar la pujanza del nacionalismo palestino, laico y de izquierdas de Arafat. Así, Israel concede a los Hermanos Musulmanes en Gaza y Cisjordania el espacio de acción social y política que niega a la OLP, a cambio de su 'colaboración' en la persecución de los grupos nacionalistas. A finales de los ochenta, al calor de la primera Intifada, los cuadros medios de los Hermanos deciden sustituir la colaboración con el ocupante por los atentados suicidas contra civiles israelíes. Ha nacido Hamás.

En los años que siguen, Hamás capitaliza el fracaso del proceso de paz ofreciendo infatigablemente a una sociedad palestina cansada y empobrecida la alternativa del Islam y la red de servicios asistenciales que lo acompañan. La noticia ahora es que Hamás ha logrado doblar su apoyo popular, y lo ha hecho siguiendo una estrategia electoral clásica: apelar a los votos de centro mediante el ocultamiento de su programa fundacional. Bajo la tímida denominación electoral de 'Reforma y Cambio', Hamás no hizo más que basar su campaña en lo obvio, en subrayar la incapacidad de Fatah para realizar los sueños del pueblo palestino: salir de la miseria, moverse libremente por su país y poner fin al conflicto con Israel. Nada hubo en los mítines de sus candidatos acerca del velo obligatorio y la segregación en las escuelas.

Con la omisión de sus habituales justificaciones de los atentados suicidas, Hamás ofrecía además a los palestinos, tácitamente, un mensaje de distanciamiento de la violencia. Así, el grupo integrista se acercaba pragmáticamente a esa mayoría de palestinos contrarios a los atentados suicidas que muestran sistemáticamente las encuestas. Finalmente, ante la suspensión unilateral del moribundo proceso de paz por parte de Israel y el sistemático desprecio del sucesor de Arafat, Mahmud Abbas (uno de los políticos palestinos más moderados), el voto a Hamas conlleva inevitablemente un mensaje a Israel: 'Si no os gusta Abbas, probad con Hamas'..

Vistos de cerca, los resultados electorales no muestran la conversión en masa de la sociedad palestina al islamismo militante. El Parlamento palestino se elige a partes iguales mediante dos tipos de papeleta, una basada en el sistema proporcional de voto a un partido y otra de tipo mayoritario, en el que el candidato más votado se lleva el escaño en cada circunscripción. A nivel nacional, las listas proporcionales dieron una muy ajustada victoria a Hamás, que obtuvo el 44% de los votos (29 escaños) frente al 41% de Fatah (28 escaños). Fue gracias al sistema mayoritario (45 escaños para Hamás, 17 para Fatah) y a la incompetencia del partido gobernante como Hamas logró el 56% de los escaños (74 de 132) con el 44% de los votos.

Hamás debe ahora elegir entre sus dichos o los hechos: gobernar de acuerdo con el integrismo islámico de su carta fundacional, con el riesgo de traicionar a esos electores de centro que le han dado la victoria, o aparcar sus valores tradicionales en aras del pragmatismo y la gobernabilidad. El nombramiento de dos de sus líderes más moderados para la presidencia del Parlamento y el puesto de primer ministro indica una voluntad constructiva, y deja la puerta abierta a un gobierno de unidad palestina que evite el caos. Si bien la renuncia a la violencia y el reconocimiento de Israel por Hamás no llegará mañana (la OLP tardó casi 30 años en enmendar su propia carta en ese sentido), por primera vez cabe la posibilidad de que un acuerdo de paz lleve la rúbrica del 90% del pueblo palestino.

El problema es que en la era Sharon, Israel ha renunciado a negociar la paz en favor de una retirada unilateral de Gaza y un empotramiento de la ocupación en Jerusalén y Cisjordania. La previsible victoria del Kadima en las elecciones israelíes no invertirá la dinámica actual: el fracaso de Oslo alimenta la victoria de Hamás. Pretender ahora que asfixiar financieramente al nuevo Gobierno palestino llevará a los electores a enmendarse a sí mismos es hacer humor y no política. 'Nuestro voto no ha gustado al imperialista ni al sionista, cambiémoslo para hacerles felices'. ¿De verdad lo creen? Una de las peores manifestaciones de la amnesia histórica es confundir los sueños con la realidad.



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