Ya desde los primeros meses de gestación, el feto es capaz de percibir muchos estímulos provenientes del entorno, especialmente los auditivos. Además, son capaces de detectar el estado anímico y físico de la madre e incluso las emociones que surgen en ella con el embarazo. En esta etapa también oyen, sienten y perciben que se aproxima alguien muy cercano, como el padre, y reconocen las voces cuando se les habla.
Es importante mantener un contacto estrecho con el niño en desarrollo dentro del útero materno. Siempre se ha recomendado la utilización de música clásica suave y rítmica, con una cadencia que se aproxime a la frecuencia del corazón humano. Además, es importante hablar al niño y palpar el vientre de la madre para que sienta esa presencia. La tranquilidad de la madre es fundamental, así como vivir en un entorno agradable. Los niños dentro del útero detectan perfectamente el estado de ansiedad o angustia de la madre. Un estrés excesivo en ella puede influir negativamente en el desarrollo del niño, algo que tambié puede venir provocado por la falta de descanso.
Tras el parto, los sentidos del recién nacido continúan desarrollándose, especialmente el tacto y el oído. Los bebés sienten la proximidad de la madre y del padre porque los reconocen a través de la voz y entonación, y los sienten cercanos, sobre todo a través del tacto. El ambiente influye sobremanera en su estado anímico: dependiendo de cómo sea, les producirá tranquilidad o nerviosismo e irritabilidad. Su estado se manifestará de diversas formas, a través del llanto o del ritmo vigilia-sueño.
Más autonomía
Progresivamente irá interactuando más con el entorno. A partir de los dos o tres meses empieza a dibujar muecas y sonrisas, aunque a veces puedan parecer meros actos reflejos. La lactancia es un aspecto fundamental en ese desarrollo. La vista evoluciona gradualmente y supera la fase inicial, en la que solamente vislumbra luces y sombras, para ir progresivamente viendo más colores e imágenes, según su intensidad, brillo y movimiento.
En su segundo mes, el bebé comienza a mostrar una disposición más activa. Coge y toca todo aquello que le rodea. Estas criaturas son muy sensibles a todo cambio brusco, no sólo horario y físico, sino también emocional. Aumenta también su radio de acción, inicialmente a través de giros y maniobras de arrastre, y luego mediante el gateo.
La coordinación psicomotriz, así como el desarrollo de la lateralidad, adquieren una importancia fundamental para el futuro desarrollo del niño. Esa adquisición progresiva de autonomía se correlaciona con una dependencia emotiva muy fuerte respecto a los padres. Entre el segundo y tercer año la independencia física es más evidente, sobre todo con la deambulación, y comienza también el contacto social, al ir relacionándose con otros niños. La estimulación sigue siendo importante, aunque a través de facetas más complejas, como el juego y el inicio de diversas tareas de aprendizaje, que buscan no sólo la adquisición de conocimientos sino también de habilidades.
Entorno de seguridad
Es importante transmitir en ese primer periodo de la vida tranquilidad, estabilidad y cariño. Hay diversas técnicas de estimulación que pretenden esos objetivos. Los abrazos, especialmente arropando y envolviendo al recién nacido, ofrecen seguridad y transmiten cariño.
Para tranquilizar y relajar a los recién nacidos se pueden utilizar diversas técnicas, como los masajes en la espalda y el abdomen, boca abajo o de frente, sobre todo después del baño, con lociones o cremas hidratantes, así como con objetos suaves y de superficie lisa. A la hora de la lactancia es beneficioso también adoptar una postura adecuada y prestar todo el interés al bebé, procurando mantener siempre contacto visual con él. Es conveniente que esté presente también el padre.
El cariño y la seguridad se transmiten a través de una voz cálida, afectuosa y tranquila. Es importante hablar cuidando la entonación, susurrando o incluso a través de canciones.
También es bueno dedicar un tiempo cada día al 'cachorreo' con el bebé, es decir, abrazarlo, arroparlo, cantarle, hablarle con voz dulce y hacerle masajes. Debe convertirse en una especie de rutina de estimulación. Cualquier momento del día es bueno para ofrecer al niño esos estímulos, que han de ser suaves y sin movimientos bruscos, como balanceos y elevaciones en el aire.