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Martes, 28 de febrero de 2006
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VIZCAYA
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«Esto me va a cambiar la vida»
Oinatz, uno de los ocupantes heridos, recuerda el siniestro: «Se nos fue el coche y nos fuimos contra el muro»
TESTIMONIO. Oinatz estuvo arropado por sus amigos.
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Oinatz lucía ayer un brazo en cabestrillo sujeto al cuello por un pañuelo palestino. Había recibido el alta en el hospital de Galdakao a la una y media de la madrugada. Las heridas se le curarán en unos días, pero las secuelas del accidente en el que murieron tres menores de entre 13 y 17 años, y un cuarto resultó herido grave en Larrabetzu la noche del pasado domingo, perdurarán. «Esto me va a cambiar la vida; he perdido a algunos de mis mejores amigos», sentenciaba intentando asumir la tragedia. El joven, de 17 años, viajaba de copiloto en el 'Peugeot 309' que conducía Iván, de 18, el mayor del grupo y el único que, por edad, había sacado el carné. Patrik (14) -que salió ayer del coma y sigue ingresado en la UCI de Cruces-, iba sentado atrás con los tres fallecidos: Alain, de 17, y Gorka e Iñaki, de 14 y 13 años, respectivamente. Siempre estaban juntos.

Todos -salvo Patrik, que vive en Morga, a diez kilómetros de distancia- , eran del mismo pueblo, estudiaron en el mismo colegio, entrenaban a pelota en el frontón desde los siete años y habían compartido juegos desde la infancia, entre ellos el fútbol, una de sus pasiones. Precisamente, la tarde del domingo habían quedado para ver el partido del Athletic contra el Villarreal en un bar. Después del encuentro, los seis montaron en el coche de Iván para llevar a Patrik a casa. Cuando apenas habían recorrido un kilómetro, en la BI-2713, a la altura del barrio Goiko Elexalde, ocurrió algo que iba a truncar sus destinos.

Después de trazar una curva suave a la izquierda, en plena recta ascendente, con el asfalto mojado por la lluvia y la velocidad limitada a 50, el vehículo se salió de la calzada por causas que se desconocen. «Se nos fue el coche, intentamos enderezarlo y nos fuimos contra el muro, primero, y luego hacia los árboles, y ya...», recordaba ayer Oinatz. El turismo quedó encajonado en un talud natural, al borde de la carretera.

Carlos Lasarte, vecino de Larrabetzu y padre de un amigo de las víctimas, paseaba por las inmediaciones y presenció el accidente. Fue de los primeros en auxiliar a los jóvenes. «Dos de ellos salieron por su pie y uno se le quedó entre los brazos», explicaba ayer Ana, su esposa. «En ese coche faltaba mi hijo, es de la misma cuadrilla, pero no había salido porque hacía frío», suspiraba la mujer. Desde que se enteró, el chico repite incrédulo: «¿No puede ser!».

Libros de autoayuda

El médico de familia de Larrabetzu ha recomendado a los allegados varios libros de autoayuda sobre cómo afrontar el dolor, entre ellos, del psicoanalista Jorge Bucay. «Nos ha aconsejado que hablemos mucho con los chavales, que tengamos tacto y que arropemos a los padres. Si hay que llorar, lloraremos juntos», reproducía Ana.

Compañeros de clase, amigos de las víctimas y vecinos se congregaron a mediodía de forma espontánea en la plaza del pueblo. Los más jóvenes se habían ido comunicando la noticia a través del móvil y por Internet. Todos coincidían en describirles como chicos «alegres» y «normales». Alain, Gorka e Iñaki estudiaban de segundo a cuarto de ESO en el Instituto Txorierri, en Derio. Su director, José Luis Eguíluz, convocó ayer al claustro para «pensar cómo afrontamos la vuelta a clase el próximo lunes». Los 430 alumnos disfrutan esta semana de fiesta por los carnavales. Un equipo de psicólogos ayudará a los profesores a preparar a los estudiantes ante la pérdida repentina de tres compañeros.

Alain era alto y moreno y estudiaba el bachillerato de Ciencias, Gorka tenía dos hermanos y al menos uno de ellos acude al mismo centro de Secundaria, su padre es vicepresidente de la escuela de pelota, e Iñaki jugaba en el equipo de Infantil Preferente del Athletic. «Eran unos niños», se duele Carlos García, presidente de la escuela pelotazale. «El destino lo ha querido así, no se le puede dar más vueltas. «De los seis, cinco han jugado al frontón; les gustaba, se divertían». En la actualidad, sólo seguían practicando en serio este deporte Alain y Patrik. Curiosamente, este último es el único que «nunca se pone tacos en las manos. Dice que no le duele».

Su entrenador, el pelotari Asier Bengoetxea, vive justo en frente de donde se produjo el siniestro, aunque él había ido al pueblo a ver el partido. «Los nombres se iban sabiendo poco a poco. Yo estaba con el primo de uno de los fallecidos», comparte. «No he podido dormir ni quitármelo de la cabeza, no dejo de preguntarme por qué, por qué... Y no encuentro ninguna causa. Les quedaba toda la vida por delante».



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