Hay episodios en la vida de uno que se van difuminando con los años como si fueran parte de una película escrita por otro; pero hay momentos literalmente inolvidables que se quedarán para siempre fijados en el archivo cerebral sin que ninguna llave pueda esconderlos. No es preciso ir en busca del tiempo perdido porque ese tiempo sigue ahí, obligándonos a revivirlo en las pesadillas como si todo hubiera sucedido ayer. En mi memoria personal hay un día que resume la terquedad de los recuerdos vivos: fue un 3 de marzo de hace 30 años y en mi ciudad sucedieron hechos atroces que permanecen también en la memoria de quienes carecen de la capacidad de aceptar la amnesia como método para quitarse pesos morales de encima.
Aquel día en mi ciudad cinco trabajadores fueron acribillados a balazos a la salida de una iglesia en la que se habían reunido para tratar sus reivindicaciones laborales después de una huelga larga. Fuera les esperaba un ejército de policías armados hasta las encías que no tuvieron titubeo alguno a la hora de disparar sus armas a mansalva. El resultado fue una carnicería con decenas de heridos y esos cinco muertos que ya han pasado a una historia universal de la infamia que Borges no escribiría nunca. Vitoria quedó conmocionada hasta extremos de perplejo estado de 'shock' mientras escuchábamos el ruido de las sirenas, el tránsito interminable de las ambulancias y casi podíamos oler el aroma letal de la pólvora en cada esquina. Nadie entendía nada o pretendía no entenderlo, pero recuerdo con nitidez el comentario de un preboste al cabo de unos días cuando dijo impasible: la culpa la hemos tenido todos. Es bien sabido que no hay sistema mejor para sacudirse las culpas propias que diluirlas entre los demás. Si la responsabilidad la hemos tenido todos significa que no la ha tenido ninguno.
Nadie ha pagado por el crimen y nadie pagará jamás. Se intentó decretar el estado de amnesia colectiva, pero la maniobra fracasó. Uno de los artífices de esa lucha contra el olvido fue un gran músico catalán de nombre Lluís Llach, que esa misma noche compuso un emocionado réquiem titulado 'Campanadas a morts', dedicado a la memoria de los muertos en aquella batalla en la que sólo dispararon los policías mientras la multitud corría despavorida hacia ninguna parte. Al día siguiente Vitoria seguía en estado de 'shock' y muchos días después. El nombre de quien ordenó la matanza está todavía en boca de muchos, pero nadie le tocará un pelo ni le pedirá cuentas. Es tarde.