El Correo Digital
Jueves, 2 de marzo de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Engaño
Los atentados cometidos por ETA y los dos comunicados emitidos por la banda en las últimas semanas obedecen, probablemente, a un mismo objetivo: un intento por recuperar el protagonismo perdido y por interpretar todo cuanto acontece en Euskal Herria o en España como emanación de su violento esfuerzo. Para los entusiastas del 'proceso', todo ello forma parte de una liturgia necesaria para el desenganche de los terroristas de su hábito de años. Según ellos, se trataría de un guión habitual en estos casos, cuya representación estaría siendo contemplada con conocimiento de causa por parte del gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. La lectura de los entusiastas entraña riesgos indudables; comenzando por el hecho de que invita a ser comprensivos con la conducta terrorista.

A los entusiastas no se les ocurre que, por ejemplo, ETA podría acomodarse en esa supuesta fase final. Podría llegar a creerse su propio discurso, a considerar que los cambios que se vislumbran en la organización autonómica del Estado son consecuencia de la crisis que el Estado padece como efecto del embate etarra, y así llegar a la conclusión de que su existencia y su actuación resultan vitales para conducir esos cambios hacia la meta a la que la izquierda abertzale aspira. Aunque no sería de recibo que esta eventualidad no estuviera entre los escenarios que haya dibujado el presidente Rodríguez Zapatero antes de sugerir que nos encontramos al inicio del principio del fin.

La mayor dificultad para la desaparición de un grupo terrorista no es la afición de sus integrantes a emplear la violencia; es su resistencia a dejar de ser un poder fáctico. El terrorismo de las bombas a empresas e instituciones tiene que ver con eso. Con la negativa a retirarse de escena como protagonista inimitable. Podemos ser medianamente optimistas respecto a la imposibilidad de que ETA se recupere de su extrema debilidad y de su aislamiento, y acabe sometiendo a los perseguidos al terror que aplicó hace diez años. Los mil días sin atentados mortales son, en este sentido, el mejor augurio. Pero más difícil resulta imaginar a ETA como una realidad colectiva dispuesta para acordar su propio final.

Las señales que los protagonistas se intercambian en toda aproximación a un «proceso de paz» -las señales que se intercambian un gobierno y una organización terrorista- persiguen el engaño mutuo. Lo mismo ocurre en el seno de la organización terrorista. Unos tratan de engañar a otros, y todos se sirven del autoengaño. El final siempre depende de quién engaña a quién. Por ahora no parece que el gobierno de Rodríguez Zapatero haya conseguido engañar a ETA, ni parece seguro que los etarras más proclives al desistimiento hayan engañado a los demás activistas. Sólo cabe esperar que el presidente no se llame a engaño.

k.aulestia@diario-elcorreo.com



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