A estas alturas ya nadie se puede sorprender por la capacidad de inventiva en la iniciativa comercial americana. Parece ser que no hay actividad ni resquicio alguno al que no se le pueda sacar un rendimiento económico, sea cual sea. En este caso estamos en el mundo de las apuestas no oficiales y de la venta de pronósticos a cambio de una comisión en caso de acierto. Un montaje de venta por teléfono con apoyo televisivo que, una vez más, juega con el engaño del vendedor y esa triste mezcla de ignorancia, necedad y avaricia del ludópata destinatario de promesas al fin vacuas.
El tinglado resulta ajeno y, tal vez por ello, los problemas que se van sucediendo le dejan a uno más bien frío, como si el drama traspasase la pantalla. Resulta entretenido comprobar cómo se pueden llegar a ganar la vida una colección de hábiles charlatanes vendiendo la certeza en el azar, es decir, comerciando con humo. Pero en esta historia de la increíble ascensión, pronóstico evidente de la espectacular caída, poco o nada seducen las relaciones establecidas, demasiado centradas en el trío protagonista y con evidente desprecio por ciertos personajes que se asoman a la trama fugazmente y desaparecen.
Por otra parte resulta evidente que el guión ha hecho un traje a medida de Pacino y de McConaughey. Pero es que lo del primero empieza a ser un uniforme pues, de nuevo, no se priva de ninguno de sus recursos habituales, incluyendo la fase ojerosa y despeinada. Lo del segundo es puro exhibicionismo muscular y dental.