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Jueves, 2 de marzo de 2006
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OPINIÓN/Érase una...
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Once upon a time' en Afganistán (érase una vez, etc.) Bush promete que va a capturar a Bin Laden. Palabra de dios o de hechicero. El presidente comprende el lenguaje islámico, entre teocrático y nigromante y lanza un mensaje que es una profecía. Lo enterraron en una cueva en Tora Bora, como hizo el maligno mago con Aladino. Y también debió encontrar allí la lámpara maravillosa y al genio que la habitaba, porque de pronto desapareció de allí y, quién sabe, si hoy se halla transformado en administrativo de la Casa Blanca de los que hacen 'footing' por el common de Washington junto a los ositos cuando salen de los bosquecillos al amanecer a disputar la comida entre la basura. O, quién sabe, si en Condoleezza Rice, ganada ahora para la causa del culto al cuerpo, que va a liderar un programa de gimnasia en la televisión. Ambas cosas resultarían asombrosas por inexplicables y dignas de brujería, si no fueran ciertas.

Llega por vez primera tras la guerra, en helicóptero artillado -lo que equivale a alfombra mágica en EE UU- para no tropezarse, quiero suponer, con el mulá Omar, quien, como se supo, huyó en motocicleta por el desierto y todavía debe andar por ahí desnortado, ya que tampoco dieron con sus huesos. Con la popularidad de Bush por los suelos, los cerebros de la Casa Blanca parecen decididos a apostar por la prestidigitación: un viaje a Asia desprende aromas a cuento de la mil y una noche. En la necesidad de echar mano de la magia para recuperar el afecto. Y voló Bush a Kabul y, como el Capitán Garfio, trepó al palo mayor, asomó al horizonte y olfateó el rastro del cocodrilo. «Será llevado ante la Justicia», admonizó. Y observó luego con agudeza, «no se trata de si será capturado, sino de cuándo». Faltaba la aclaración, ese punto de riesgo orwelliano, esa visión anticipadora de los que pueden con el futuro y escriben la historia asomados al balcón de su casa. La clave es «cuándo». Grave pregunta, a la que mi británica suegra contestaría: «cualquier día de pasado mañana». El lenguaje es flexible como un junco para los ilusionistas, tan sutiles en sus amenazas como en sus averiguaciones. Las sibilas han entendido lo que el presidente quiso decir y harán sus cábalas.

Observen que, en Kabul, estuvieron todos los que necesitan un milagro, como el vicepresidente Dick Cheney, como Karzai o como los propios afganos. A Irak no fueron porque mi excelsa 'Condy' había olvidado el velo en el despacho. Cortaron una bandera con el mismo celo que el hada de la Cenicienta. Y se fueron en su escoba, volando como habían venido... Y seguirán viviendo felices y comerán perdices. Aunque ya nadie se fíe de las aves, ni en los cuentos.



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