Subo al autobús urbano. Lo hago a veces con la única intención de observar a la gente. Los políticos hablan de la necesidad de usar el transporte público, con el fin de ahorrar energía y reducir la contaminación. Pero el transporte público tiene además otras ventajas que habitualmente ellos ignoran porque, de hecho, muy pocos son los que lo utilizan de verdad. Y entre esas ventajas está la posibilidad de observar la vida en primera línea y sin maquillaje. La realidad viaja en transporte público, y si alguien quiere sentir de cerca el verdadero olor de las cosas, tiene que subirse a los autobuses. Sobre todo a ciertas horas punta. Si en algún sitio se demuestra lo necesaria que es la tolerancia y la importancia de aguantarnos unos a otros con un mínimo de sensatez y respeto, es en esos autobuses abarrotados a las benditas horas punta. Bien, subo al autobús y observo a mis semejantes. Me fijo en una mujer joven que justo después de sentarse llama a su novio por el móvil para comunicárselo. Hablan durante unos pocos segundos pero surge alguna dificultad y cuelgan. Un minuto después es él quien la llama. Hablan y vuelven a colgar enseguida. Después ella hace una llamada a otra persona y por último, poco antes de bajar del autobús, vuelve a llamar a su novio para decirle que ya ha llegado. Hace un par de semanas asistí a la siguiente escena: un chico de unos quince años que iba andando por la calle marcó el número unos metros antes de llegar al portal de su casa para pedir que le abrieran la puerta en el instante justo. Tardaron en entenderle y tuvo que repetir: «Que me abras, que estoy en el portal». En eso consiste el triunfo de un producto: en convertirlo en fetiche y conseguir que la gente lo use innecesariamente. Hasta el límite de la estupidez. Que nos creemos la necesidad de usarlo incluso en situaciones absurdas. La rápida invasión del teléfono móvil (el número de aparatos en España ha superado por mucho los 40 millones) está dando lugar, por otro lado, a un nuevo fenómeno en las relaciones interpersonales y profesionales: lo que podríamos denominar el estado de disponibilidad permanente. Con el consiguiente riesgo de acabar convertido en síndrome. El móvil conectado en el bolsillo supone que uno está localizable las 24 horas del día. Y a medida que eso se extiende va poco a poco generalizándose la creencia de que todo el mundo tiene que estar localizable y disponible en todo momento. Es decir, atrapado. El mundo ya es una red. Dentro de no mucho, desconectar el móvil será sinónimo de libertad. Lo desconectaremos con un gesto de alivio, arrojándolo a un lado. Carecer de móvil será considerado un lujo: algo elitista que muy pocos podrán permitirse.