To whom it may concern', 'a quien corresponda', que dicen los ingleses. Y lo dicen cuando no está claro quién tiene la responsabilidad de alguna decisión, de alguna respuesta. Algo de ello hay en la política vasca. Sabemos que la decisión de renunciar al uso de la violencia y del terror corresponde en exclusiva a ETA. En eso no hay dudas. La dirección a la que hay que enviar la petición está clara. Pero a partir de ahí todo es confusión, y confusión creciente.
¿A quién vamos a dirigir nuestra queja, los ciudadanos que pensamos tener el deber de expresar la queja, por la aprobación por mayoría simple del Parlamento vasco de que la paz debe ser sin vencedores ni vencidos? A primera vista queda claro que a los grupos parlamentarios y a los partidos que lo aprobaron: PNV, IU-EB y Aralar. Pero la aprobación no habría sido posible si no se hubiera dado una división entre los populares y los socialistas. Y parecería demasiado fácil que los populares nos dijeran que se aprobó sencillamente por la abstención del PSE, porque hicieron todo lo posible para que ello así fuera. Y también parecería demasiado simple que los socialisas nos dijeran que tal y como plantean las cosas los del PP es implosible votar nada con ellos en estos temas. A algunos ciudadanos esa forma de actuar de unos y otros nos deja muy perplejos.
Pero volvamos a quienes aprobaron la resolución que insta al Ejecutivo vasco a ser activo en la búsqueda de una paz sin vencedores ni vencidos. Parece claro a priori que nos debamos dirigir al PNV, pues pone la mayoría de los votos necesarios para que la resolución se apruebe. Los acompañantes no merecen mención alguna. Y en el PNV, ¿a quién nos dirigimos? ¿A la parte del PNV que afirma que el futuro de Euskadi no se puede construir si no es mediante acuerdos entre diferentes? ¿O al PNV que en boca de Ibarretxe afirma que el planteamiento del PSE de basar el futuro de Euskadi en un consenso entre diferentes supone ofrecer a los no nacionalistas derecho de veto, que eso no es democrático, que lo democrático es definir una sociedad y constituirla por mayoría, negando así toda la historia constitucional válida de Europa?
¿O habrá que dirigirse a Joseba Egibar, que nos ha recordado que ETA es una organización política que usa técnicas modernas en la lucha de minorías contra mayorías, eso sí, técnicas terroristas? Es cierto que en la misma sesión parlamentaria todo el PNV dio la impresión de hacer piña en torno al lehendakari, acusando al PSE de buscar la división interna y otras cosas más.
Pero es preciso analizar cada una de las preguntas y ver lo que hay tras cada una de ellas, máxime cuando la vicepresidenta del Gobierno español parece que ha dicho que la paz no puede plantearse en términos de vencedores y vencidos. Uno ha llegado a no entender nada o casi nada, o demasiado, lo cual suele ser peor: la resolución del Congreso que afirma que el Estado de Derecho no puede, no debe ni va a pagar ningún precio políico por la desaparición de ETA, ¿qué significa? ¿No significa que el Estado de Derecho, el realmente existente en España y en Euskadi, el constitucional y autonómico, no ha cedido, se ha mantenido, ha ganado la apuesta frente al asedio asesino de ETA, y que por lo tanto ésta no ha ganado, es decir, ha perdido su apuesta de obligar al Estado a cambiar su naturaleza para que deje de matar? ¿Y si no significa esto, qué significa, para que lo podamos entender los simples?
En el último documento solemne aprobado por el PNV se afirma, aunque también lo contrario, que el futuro de Euskadi sólo se podrá decidir si hay consenso entre las diferentes formas de ver y sentir a Euskadi. Uno en su simpleza había creido hasta ahora que el proyecto político de ETA -no nos descubre nada nuevo Egibar cuando utiliza el término político en relación a ETA, las diferencias con él están en otra cosa como veremos- consistía precisamente en impedir que Euskadi fuera fruto de un pacto, de un compromiso podrido, 'fauler Kompromiss', como dicen los alemanes, y no dictado desde la supuesta mayoría nacionalista. Y si esta pretensión de ETA no es la que según el PNV debe ser el criterio de definición de Euskadi para el futuro, ETA habrá perdido, digo yo, su pretensión habrá sido derrotada, digo yo. ¿O no?
Todos los políticos se llenan la boca de bellas palabras cuando se trata de las víctimas: cariño, comprensión, cercanía, respeto, apoyo, importancia de la memoria, no olvidarlas. Hasta Batasuna ha llegado a hablar del necesario reconocimiento social de las víctimas. ¿Qué significa, otra vez para los simples como quien esto escribe, respeto a las víctimas, incluidos los asesinados: importancia de su memoria en la frase de que la paz no se puede plantear en términos de vencedores y vencidos? Yo no lo entiendo. ¿Están al mismo nivel el Estado de Derecho, legitimado democráticamente, y quienes han hecho uso ilegítimo de la violencia, convirtiéndola en terror, asesinando a más de 800 ciudadanos, sin que haya habido guerra de ninguna clase? ¿Están en el mismo nivel los verdugos, los asesinos, los De Juana Chaos, los Parot, la 'Tigresa', y tantos otros, y los asesinados como José Luis López de la Lacalle, Gregorio Ordóñez, los Zamarreño, los Pedrosa, los Indiano, tantos y tantos guardias civiles, policías, ertzainas y militares? ¿Está en el mismo nivel el Estado de Derecho, que de una forma u otra representaban todas las víctimas, el Estado constitucional y autonómico, el Estado del Concierto Económico, de la Ertzaintza, de Osakidetza, y el proyecto político totalitario que indujo los asesinatos ejecutados por los verdugos, que motivó su asesinato? ¿Qué otra cosa puede significar que no hay, que no haya ni vencedores ni vencidos?
No me cabe ninguna duda de que ETA es una organización política y terrorista. No la he tenido nunca. Es más, he llegado a ver con bastante claridad que el carácter político de ETA hace de sus asesinatos algo más execrable, más grave que un asesinato por celos, con ánimo de lucro o por simple pasión. El asesinato en nombre de un proyecto político es frío, calculado, justificado de antemano, es -fue Hegel quien lo analizó- el terror como aspecto subjetivo de la virtud: matar con buena conciencia.
En ello tiene razón Egibar. En lo que no tiene razón es en no sacar las consecuencias debidas de su afirmación: si ETA es un proyecto político, su desaparición debe implicar la desaparición de ese proyecto político. Si ETA ha matado con intencionalidad política, cada asesinado tiene significación política, no la que proviene de lo que el asesinado pensaba sobre Euskadi, sino la que ha inscrito en cada uno de ellos ETA: su proyecto político está indisolublemente unido a este asesinato, a este asesinado. Y así más de 800 veces. ¿Se respeta la memoria de cada uno de esos asesinados políticos declarando que no hay ni vencedores ni vencidos?
Que ETA usa técnicas modernas no quiere decir nada: los zapatistas usan técnicas modernas al igual que las usan las milicias ultraderechistas de EE UU. También San Ignacio de Loyola usó técnicas modernas para apuntalar la Contrareforma, y Sabino Arana usó técnicas políticas modernas -partido de masas, uso de medios de comunicación- para articular un proyecto político anclado en el antiguo régimen y teocrático, pues estaba al servicio de Dios.
Preguntémonos por la función del discurso que se encierra en la afirmación de que la paz no se puede plantear en términos de vencedores y vencidos. En el caso de la vicepresidenta puede ser un recurso instrumental para no poner obstáculos a lo que pueda venir, aunque creo que subestima la falta de nervio moral que implica la afirmación. En el caso del PNV está en la línea de algo que va a causar muchos problemas en los tiempos que vienen: cómo se construye el futuro de Euskadi cuando parte de quienes deben intervenir en esa construcción se niegan a asumir, en su buena conciencia de buenos vascos, que en el seno de nuestra sociedad han surgido asesinos, terroristas, y que han actuado en nombre de la sociedad, en nombre de la causa nacionalista, y que por eso es imposible construir el futuro como si el nacionalismo no hubiera perdido la inocencia.
Y ante esto va a ser imposible la abstención.