En los últimos tiempos, me refiero tal vez en las últimas décadas, a nuestros próceres les ha dado por el gigantismo como si fuera la solución de todos los males. Grandes hospitales, inmensos centros culturales, aeropuertos de medidas distorsionadas. Se diría que lo que menos importa es la buena circulación de los usuarios, la transmisión de los valores culturales o la eficacia de los servicios y sí, en cambio, el orgullo que esas obras mastodónticas, siempre seguidas del subtítulo de su orden de gigantismo en Europa, han de inspirar en los ciudadanos que deben renunciar a sus comodidades o incluso a sus derechos para que las mencionadas obras hagan abrir la boca de pasmo a la ciudadanía del mundo.
No sólo sabemos que los grandes hospitales no pueden cumplir con el compromiso de atención con los clientes como lo harían pequeños hospitales de ciudades dejando para una unidad central los servicios menos utilizados y más selectivos, sino que también conocemos la inutilidad de los grandes espacios culturales para transmitir la cultura y limitarse a ser diversión de las familias los domingos y fiestas de guardar. Cuánto mejor cumplen su cometido los centros culturales en los barrios de las grandes ciudades, los de los pueblos y aldeas donde es posible una participación de los ciudadanos que de otro modo se limitan a ser elementos pasivos y a formar grandes colas que los medios de comunicación confunden con la inmersión en la cultura.
Y ¿qué decir de los grandes aeropuertos? Ya se ve que los 70 millones de usuarios del nuevo aeropuerto de Madrid no pueden entrar y salir por una sola puerta. Ya se ve que los vuelos internacionales, nacionales y regionales no pueden partir del mismo edificio ni compartir las pistas a no ser que los ciudadanos caminen grandes distancias en zigzag, que los vuelos salgan con retraso, que los aviones pierdan mucho tiempo en las larguísimas y lejanas pistas...
Tal vez yo no tenga razón, y el orgullo de tener ese gigante en medio del desierto que exige tiempo adicional para encontrar y acceder a la puerta de embarque intentando no resbalar sea el objetivo principal de los que lo planearon. Los aeropuertos del mundo más grandes que la T4 constan de distintos edificios comunicados por trenes a fin de asegurar su eficacia y comodidad. Es cierto que la cubierta de la T4 es espléndida, pero a mí no me compensa de tanta incomodidad. Sobre todo si, como ahora, cuelgan de ella los redondeles de la publicidad. La belleza no excluye la funcionalidad.