Esta reflexión nace como consecuencia de la utilización de forma partidista del concepto de víctimas. Se sabe que muchos de nuestros padres fueron asesinados por dedicarse a trabajar por la libertad, lo cual logra que esta carta sea todavía más importante para mí. Como éste no es un documento político, y me gustaría que estuviera escrito de la manera más justa posible para las personas que tienen como yo la sensación de que la víctima está siendo utilizada, sin tener en cuenta el dolor y sus consecuencias y el trauma posterior a un atentado, he incluido esta reflexión pese a mis escrúpulos iniciales.
Es posible también que escribiera en otros momentos de mi vida otras cartas semejantes, tal vez incluso que dijeran lo mismo. Puede que esta carta sobreviva por casualidad un día más en las mentes privilegiadas de la política y les haga pensar sobre la difícil frontera entre el dolor y la realidad. El único pasaporte posible que tiene la víctima es el apoyo de la sociedad el día de los hechos, porque debes entender algo que tú tampoco acabas de entender. Por esta razón la carta no lleva fecha de caducidad, de modo que yo también he vacilado sobre dónde situar esta reflexión, sobre el derecho que tiene la política de utilizar a la víctima a cambio de una rentabilidad electoral. Aunque la angustia que reflejan estas líneas me conduce a creer que todavía hay un poco de honestidad. Para terminar, la pregunta del millón: ¿Qué hacemos con los terroristas?