«Las grandes obras, los grandes conciertos del repertorio, son como autopistas. Yo prefiero piezas menos conocidas, que son como las carreteras secundarias, que permiten disfrutar del paisaje». La joven violinista francesa Amandine Beyer, afincada desde hace seis años en Vigo, bucea en el repertorio antiguo y barroco sin dejar de interesarse por la música más contemporánea. «Me gusta experimentar, incluso demasiado», dice con una perenne sonrisa, y casi en voz baja asegura que disfrutaría mucho tocando las obras más actuales, incluidas las de índole estrictamente popular. «Pero -añade casi como lamentándose-, hay que especializarse». Beyer intervino ayer en el festival 'Musika-Música' en compañía del clavecinista Pierre Hantaï, tocando dos sonatas para violín y clavecín de Bach, un concierto que se repetirá el domingo.
Amandine Beyer aprendió a descifrar una partitura antes que a leer. Después estudió flauta y más tarde se pasó al violín. Durante años se dedicó a los grandes autores del repertorio. Quizá por eso, por la necesidad de eludir «los muchos tópicos que hay en la música romántica», se adentró en las partituras de la época medieval y el barroco. «Ahora intento volver a ese gran repertorio, pero desde una perspectiva diferente», explica. Beyer es consciente de que enfrentarse al concierto para violín de Brahms, o al de Chaikovski, entre otros, tiene algo de desafío personal. «Pero a veces son más interesantes otras obras menos conocidas. Me gusta sobre todo ser una voz más junto a otras; no me importa tanto el lucimiento. Mi perspectiva ahora es más histórica, más humanista, y eso me lleva sobre todo a preguntarme cosas acerca de la música».
Puede ser también un asunto de personalidad. A Beyer, lo reconoce, no le gusta el papel de solista al uso, viajando continuamente sola, tocando esta semana con una orquesta y la próxima con otra, y así casi todo el año. Por eso prefiere la música de cámara, y su currículum registra su paso por varios grupos especializados en épocas distintas. «Eso exige una mayor versatilidad y te da la posibilidad de conocer gente. Desde luego es mucho mejor que ser solista o tocar en una orquesta».
La joven violinista gala tiene dos instrumentos: uno para el repertorio barroco y otro para el más moderno. Cuando se enfrenta al primero, coge su violín -cuyas cuerdas están elaboradas con tripas de animal, como se hacía en aquel tiempo- de manera diferente, sin apoyarlo en la cabeza, como suele ser habitual. Una actitud y una técnica más complejas pero más fieles a lo que era común en el momento en que se escribió esa música. «No sé si la gente se da cuenta de la dificultad que tiene y lo valora en su medida. Me parece que sería preciso explicarlo en los programas de mano», añade.
La clave de su pensamiento musical está en eso: en la explicación, en la comunicación con el público. Por eso le gustan festivales como 'Musika-Música', donde se reúne un público heterogéneo. Hace unas semanas, durante La Folle Journée de Nantes, acudieron a escucharla los niños de una escuela, que previamente le habían enviado una carta. «No fueron el público más concentrado que he tenido, pero me encantó que estuvieran allí y poder hablar con ellos». A Beyer, que busca la utopía de la comunicación en la música, lo que más le deprime es que al terminar el concierto nadie la espere para comentarle lo que ha interpretado.