Bien en se sabe que la política cultural vasca en materia teatral es más bien escasa. De hecho, más allá de algún que otro festival, de ciertos esfuerzos municipales o de la inoperante red vasca de teatros, la cuestión no figura en la agenda de prioridades de la cultura pública. Nada que ver ni con el presupuesto de las artes escénicas en otras comunidades, ni tampoco con el apoyo a festivales y compañías estables de regiones similares. Además, como ninguna ciudad vasca es sede de una compañía o de un teatro nacional, no queda más remedio que recibir en gira los grandes montajes nacionales o respaldar las producciones y las coproducciones de las pequeñas compañías privadas.
Así las cosas, hay que valorar el meritorio esfuerzo del Teatro Arriaga y, más concretamente, el de esa estrategia puesta en marcha por Lluís Pasqual, cuyo doble oriente encaminado a la generación de producciones de calidad y a la formación y a la pedagogía del hecho teatral es ciertamente interesante. En el primer caso, porque el Arriaga no solo vuelve a ser el origen de producciones exportables, sino también un centro para el intercambio o la difusión de nuevas experiencias teatrales. Y en cuanto a lo segundo, porque no hay duda de que el apoyo y la formación de jóvenes creadores y directores y la colaboración pedagógica con los educadores son las mejores fórmulas para la penetración social de las artes escénicas. Ya solo falta, en fin, que la programación y la comercialización del Arriaga respondan eficientemente a este nuevo rumbo.
e.portocarrero@diario-elcorreo.com